Pensamiento (y sabotaje) de un lector solitario (2008/04/15)

PENSAMIENTO (y sabotaje) DE UN LECTOR SOLITARIO

Exponía Pilar Vera en un reciente artículo la fascinación del lector al sentirse atrapado en la novela planteada como un juego de espejos que lo incluye. Sí. Pero en la novela tienen que pasar cosas. En otras palabras, la metaliteratura puede ser recurso fácil, el postureo hueco de quien cuenta que tiene que poner un huevo que no sabe poner. Y tiene que haber huevo: el problema de “ser” humano es el combustible del fuego de una historia. En el Quijote, Cervantes, entre otras cosas, al elaborar a la pareja protagonista nos revela que comparten el secreto de la invención: tú me creerás que he visto a Dulcinea, dice Sancho a don Quijote, como yo digo que creo lo que tú dices que has visto en la cueva de Montesinos. Es el pacto de la ficción: una voluntaria suspensión de la incredulidad, diría siglos después T. S. Eliot. En Las mil y una noches la única manera que tiene Sherezade de sobrevivir es contar historias, de la misma manera que la única manera de escapar al horror en La ladrona de libros, de Markus Zusak, es leer. En Niebla, de Unamuno, la relación entre personaje y autor es la metáfora de la relación del hombre con Dios: ¿Somos libres? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Por qué salir de la nada si a la nada hemos de volver? Unamuno enlaza con el motivo barroco del teatro del mundo: ¿Qué se oculta tras el escenario? ¿Quién nos sueña? Ya en China el filósofo Lao-Tse soñaba que era una mariposa que al despertar había soñado que era un viejo filósofo que se llamaba Lao-Tse que estaba soñando que era una mariposa. La delgada frontera entre realidad y ficción quizá para nosotros no exista, desde el momento en que somos traductores simultáneos de la realidad al lenguaje. Absorta en estas honduras de pronto irrumpe mi hijo: “Mira, mamá, qué curioso. Los tíos nos peleamos a puñetazos. Las tías se insultan. Y ni siquiera a la cara, sino por el messenger”. “Es la condición femenina -le digo yo, militando-: más verbal, más intelectual; la masculina es más de cachas”. “Bueno, pero da igual -contesta mi hijo, con la jactancia del eslabón perdido-: si una tía me insulta, la machaco y se acabó”. Hala. Tal vez esa  sea exactamente la relación entre realidad y literatura: palo y zanahoria. Voilà.

       Diario de Cádiz, martes 15 de abril de 2008, pág. 17