Para-lógica y cervantina (2005/03/01)

   PARA-LÓGICA Y CERVANTINA

Hay un amor a la propia tierra mono-neuronal, que nos jibariza y cierra los ojos a todo lo que no sea nuestro ombligo: el que el ilustrado Feijoo llamaba “pasión nacional”. No pongo ejemplos porque no tengo ganas de bronca, pero piensen, de distintas maneras, en un vasco de los del errehache o en un sevillano de los de “de profesión, sevillano”. Sin embargo, también hay un amor natural a la propia tierra que alimenta el verdadero patriotismo y que se ejerce transitivamente, sin perjuicio de terceros. Este buen amor es el que aflora en una pequeña anécdota contada por Andrés Bernáldez en su Historia de los Reyes Católicos (fins. XV-ppos s. XVI). Es una escena verídica que A. Fernández  Ferrer  tituló “La isla infinita”, y dice así:

“Preguntó Colón a los indios de aquel lugar si era tierra firme o isla, y le respondieron que era tierra infinita de que nadie había visto el cabo aunque era isla…”.

En efecto, en el corazón es infinita la tierra donde nuestra memoria hunde sus raíces hasta confundirse con la memoria toda de nuestros antepasados, pero eso no quita que nuestra cabeza sepa que a efectos geográficos, a escala del mundo, una isla es una isla. Lógica del tercero incluido: A puede ser a la vez A y B, según se mire.

Celebramos el año del Quijote y ayer, en Cádiz y su periferia, el día de Andalucía. La pregunta del millón es: ¿cómo juntar ambas festividades? Incomprensiblemente, don Quijote no estuvo en Cádiz. Ah, pero a Cervantes sí le hubiera gustado venir. Ustedes saben que en un momento de su vida don Miguel quería emigrar a América, para lo cual hubiera embarcado aquí. No pudo ser, lo de la emigración, pero Cádiz sí que se nombra en el Quijote. Es en la II parte, capítulo 29, donde se lee: “Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a la Indias Orientales…”. Además, Cervantes escribió un poema sobre lo tarde que llegó el socorro a la ciudad cuando el asalto del conde de Essex en 1596: es el célebre soneto que se titula “A la entrada del duque de Medina en Cádiz” (“…y al cabo, en Cádiz, con mesura harta,/ ido ya el conde, sin ningún recelo,/ triunfando entró el gran duque de Medina”).

A veces, aunque resulte paradójico, uno puede llevar en lo más hondo del corazón una tierra que no es, que no pudo ser suya. Así que ya lo saben: pueden ustedes en Cádiz celebrar el año cervantino con tanto derecho, o más, que si fueran de Tomelloso. Con talante ilustrado y sin perjuicio de terceros, evidentemente.

Diario de Cádiz, 1 de marzo de 2005, p. 20