Obituario (2007/09/11)

OBITUARIO

Por la manera de regodearse en ella, da la impresión de que los medios de comunicación piensan que lo que más nos atrae es la muerte. Y tal vez sea verdad. La muerte consagra al héroe. Véase la cobertura mediática del fallecimiento del futbolista Antonio Puerta, un triunfador caído en acción, casi como un sacrificio ritual. De otra manera sucede lo mismo con el naufragio del Nuevo Pepita Aurora, con sus pescadores víctimas de un trabajo duro y el amargo comentario: “Y todo por unos kilos de boquerón”. Como una renovación de la maldición bíblica.

Lo peor de la muerte es saber o sospechar no sólo que ha sucedido antes de tiempo, sino que acaso no fuera inevitable. Desde la inspección de trabajo hay quienes consideran que no se supervisa bien la pesca: un inspector embarca en un pesquero cuando éste ya está en alta mar y ha terminado de faenar, con lo que no puede verificar la seguridad del proceso en sí. Algunos médicos comentan que un deportista de élite como Puerta, que ya había sufrido desvanecimientos en pleno juego, debió ser sometido a más pruebas porque eso, en un chico joven y sano, no es normal. Se dice que los médicos deportivos suelen ser exdeportistas que cursaron medicina en su día y luego, con vistas al retiro, una especialidad que en España tiene poco nivel académico (curioso que al fútbol multimillonario le entre algo así como por la caridad la peste).

Más allá del heroísmo (que parece una necesidad social), la muerte también da pie a la manifestación del lado humano más oscuro. Cuando el atentado del 11-S me espantó ver a gente que se refocilaba en la desgracia que afectó al “corazón del capitalismo”. Como si los muertos no fueran personas. Como si los terroristas pudiesen tener, no razones, sino razón (la ley del embudo es algo que practican bien y mal pensantes). Tampoco faltan quienes aprovechan las muertes de celebridades para perdonarles una vez más la vida: “Pavarotti tenía una voz… muy peculiar”. “Umbral… autor de una única novela con muchos títulos”. Hay ejercicios críticos que, a destiempo y fuera de contexto, son ensañamientos fuera de lugar.

Uno se compadece de la desgracia ajena y a uno le asquea tanto la secreción de babas sectarias o envidiosas como esa otra baba periodística de tipo obsceno que persigue a los deudos del finado para exprimir hasta su última lágrima. Esto no quiere decir que no haya que informar, sino que hay que conocer los límites donde acaba la noticia pública y empieza, en las esferas de lo privado e íntimo, el respeto.

Diario de Cádiz, martes 11 de septiembre de 2007, pág. 15