Neodarwinismo (2005/06/14)

                                               NEODARWINISMO

          Veo la costa de Galicia, de Levante o de Cádiz, desde el mar o desde el aire, y pienso lo mismo: demasiadas casas, demasiada gente, somos demasiados. Los expertos en movimientos de población opinan que de aquí a veinte años habrá una sustantiva migración de habitantes (algo así como un 20%) hacia los litorales, zonas mucho más placenteras para vivir dentro de un mundo donde el trabajo es un lujo ocupacional al que uno contribuye no ya con su tiempo sino con su disponibilidad en el espacio.

Después de celebrar los 25 años de mi promoción de COU me encuentro con un compañero genetista hablando precisamente sobre esto. Una parte de mí es declaradamente neodarwinista. Como el zoólogo estadounidense Edward O. Wilson pienso que, por muy simbólicos y culturales que seamos (y lo somos), no dejamos de ser animales. El mundo natural es un gran misterio. ¿Tú crees, como han insinuado algunos biólogos, que puede haber algo así como una inteligencia de la especie? No estoy pensando en Dios, sino en algo como el programa global del hormiguero: un instinto de supervivencia gregario que pudiera condicionar, por ejemplo, que en el Occidente hiperdesarrollado prosperen ahora tanto la homosexualidad y la esterilidad, justo cuando la adopción puede contribuir a compensar las desigualdades geográficas, étnicas y culturales. Hay peces que cambian de sexo según las necesidades estadísticas del banco al que pertenecen. ¿Entraremos nosotros en leyes parecidas?

Y hay científicos, visionarios quizá, acaso locos, que han apostado por una especie de conciencia del planeta. Pensamos en toda la violencia que desde dentro nos acompaña. ¿Somos como esas ratas que, saturado el cupo, se suicidan? ¿Estamos condenados a la violencia para, de alguna manera nivelar nuestro número exterminándonos, más aún ahora que no hay depredadores que nos regulen? Yendo más lejos, ¿puede el planeta defenderse activamente de nosotros? Somos una especie superadaptada que pone en grave peligro el medio en que se desarrolla. ¿Acaso la tierra, en un desesperado esfuerzo, nos diezma con sequías, con inundaciones, con tsunamis, con plagas de enfermedad siempre incontrolable y desconocida? ¿Por qué, cuando en teoría no nos falta nada, nos ataca la depresión o la tristeza?

Ni mi amigo Cayo ni yo tenemos la respuesta. Pero una noche de reencuentro hablamos y hablamos como si fuera posible contestar: pequeñas conciencias que interrogan inútilmente al universo con el estupor insomne de los peces.

Diario de Cádiz, martes 14 de junio de 2005, pág. 16