Naturaleza & Cultura (2004/10/05)

NATURALEZA & CULTURA

Se ha puesto en marcha el proyecto de ley que permitirá los matrimonios entre homosexuales, que, si las estadísticas son fiables, constituyen un 10% de la población española. Hay desde luego quien considerará siempre que la homosexualidad es el pecado nefando y que un homosexual es un enfermo o, ya sin atenuantes, un pervertido, pero en general la sociedad hace tiempo ha aceptado la homosexualidad como algo natural. O al menos se reconoce la propia ignorancia de los mecanismos que rigen el comportamiento sexual de la especie. Hoy, que tantos dogmas han caído y tantos enigmas quedan por descifrar, nos hallamos en un momento en que quizá sepamos menos que nunca en qué medida somos naturaleza y en qué medida cultura.

Que los homosexuales se casen no es el problema. El problema se plantea ante el hecho de que junto al matrimonio accedan a la adopción. Aquí es donde, aparte de la oposición católica y conservadora, se dividen los pareceres de los progresistas. Los historiadores del derecho saben que es difícil que prospere una ley impuesta desde arriba a contrapelo del uso social. Desde el colectivo gay y la información que maneja el gobierno se dice que son ya miles los niños que viven en familias homosexuales, y esto por tres motivos: homosexuales que aportan a su nueva unión los hijos de relaciones heterosexuales anteriores; lesbianas que optaron por la fecundación in vitro; y, desde 1987, personas solteras que adoptaron sin tener que dar explicaciones sobre su orientación sexual. Si esto es así, es evidente que hay una base de uso que justifica una ley que ampare a estos hijos y les garantice la igualdad de condiciones. Si esto no fuera exactamente así, se estaría falseando información con consecuencias imprevisibles.

Una pareja de homosexuales puede ser perfectamente capaz de educar a un niño de la mejor manera. Ahora bien, a un niño se le educa (cada vez más) en el contexto social, y aquí es donde tengo mis dudas sobre el grado de tolerancia real (no de boquilla) de la sociedad en su conjunto. No me refiero a grandes urbes, y mucho menos a los guetos homosexuales, sino a una ciudad como Cádiz o Albacete.

En fin, la pelota no está sólo en el tejado del colectivo homosexual sino, dentro de nada, en el nuestro, y es aquí donde la nueva ley va a requerir la colaboración de todos, por el sencillo hecho de que están los niños en juego. Mientras tanto, los colectivos homosexuales harían bien dando una imagen que se aleje de los estereotipos desmadrados estilo “carnaval gay”, que, a la hora de la verdad, acaso son los que más contribuyen a que a la ciudadanía heterosexual le repugne que adopten niños.

 

Diario de Cádiz, martes 5 de octubre de 2004