Memoria histórica (2006/12/19)

MEMORIA HISTÓRICA

Me cuenta mi hija que un profesor de la Complutense explica los beneficios de la Ley de la Memoria Histórica, que permitirá el libre acceso a los archivos militares. Yo me pregunto si, para lograr ese objetivo, alcanzable por las buenas, era preciso formar en el Parlamento y los mass media este pollo descomunal. Que a estas alturas se revisen los juicios del franquismo a efectos de reconocimiento simbólico y moral de las víctimas es una enorme pérdida de tiempo: la historia ya dictaminó hasta qué punto Franco venció y no convenció. Se pueden buscar los restos de las víctimas de ambos bandos y darles digna sepultura. Que revisen los juicios los historiadores y publiquen sus conclusiones, pero tener a un país paralizado hurgando en su llaga más dolorosa me parece una irresponsabilidad. No entiendo por qué Rodríguez Zapatero y sus adláteres se empeñan en radicalizar a la opinión pública, en deshacer la concordia a tan alto precio conquistada en la Transición. ¿Es que temen perder su identidad de izquierdas, y sobre todo las elecciones, si no resucitan el fantasma de Franco? ¿Es que necesitan que el PP esgrima a sus más reaccionarios, agresivos y aun repulsivos mosqueteros para que don José Luis pueda representar el auto sacramental del varón de laicas virtudes? ¿Es que mientras se rediseña una izquierda y una derecha enfrentadas a muerte se distrae al personal de otras querellas más reales y democráticamente complicadas, como el terrorismo, los costes nacionalistas, la venalidad institucional, la obediencia de partido…? Irresponsable y peligroso es hacer una política de confrontación que sólo mira al pasado, y que sólo mira lo que quiere. Cuando leí  España, tres milenios de historia (2000), de A. Domínguez Ortiz, me gustó que, con rigor objetivo, destacase los factores por los que ilustrados, progresistas y liberales, y sus descendientes, habían ido perdiendo total o parcialmente la batalla de modernizar España desde el siglo XVIII hasta la II República. Porque, más allá del sentimiento de las verdaderas víctimas, santificar la II República a estas alturas es un acto de sectarismo político. Más nos valdría aprender de sus errores para que no se repitieran sus consecuencias. Vienen aquí los versos de Gabriel Celaya, él, sí, luchador comprometido en la España de posguerra: “Nosotros somos quien somos./ ¡Basta de historia y de cuentos! / ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos./ Ni vivimos del pasado, / ni damos cuerda al recuerdo/ (…) Españoles con futuro/ y españoles que, por serlo,/ aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno”. Pues eso.

Diario de Cádiz, martes 19 de diciembre de 2006, pág. 18