Las vicisitudes de Baby (2006/08/15)

LAS VICISITUDES DE BABY

Los papás de Baby, maduros y responsables, no lo concibieron hasta estar muyseguros de su estabilidad económico-emocional, allá por los treinta y muchos. Baby era un feto deseado que escuchó a Mozart en las entrañas maternas, hizo yoga intrauterino según el budismo zen, y nació sabiendo qué es proponerse pensar en no pensar en nada y comprendiendo intuitivamente la arquitectura musical. Su habitación de sedante verde pastel (estimulante pero no histerizante) tenía de noche en el techo una proyección de las galaxias, todos sus juguetes eran educativos, y su cómoda ropa era de tejidos naturales y comprada a precio justo. Como en Cádiz no hay guardería bilingüe, hubo de conformarse con una donde le recibían con un alegre: “Hello, Baby!”, que menos da una piedra. El gran problema (las amistades peligrosas) vino después. Primero fue el pequeño Sammy, que siempre pintaba lo mismo: pequeño papá, con larga picha, daba en el blanco de gran mamá. Horror: un sexópata precoz. Hubo que explicar a los padres de Baby que es que la abuelita de Sammy le había hablado de cuando ella era pequeña: eran muchos hermanos, había muchos bebés y lo pasaban fenomenal. Sammy (mente positiva) quiso saber de dónde vienen los bebés, y abuelita le dio una explicación naïf pero, como se ve, realista, lo que explica sus curiosos (nunca diremos “obscenos”) dibujos. Lo siguiente fue peor: el seráfico Nano, cuya tímida sonrisa era igual que la de Alejandro Sanz, un día le dijo a la seño cuando le riñó: “Te voy a cortar los huevos, hija de puta”. Tras unas tutorías de emergencia hubo que explicar a los padres de Baby que Nano no hacía más que repetir lo que escuchaba a su hermano mayor, malhablado pero rousseauniano e inocente (no sería políticamente correcto insistir en que ésta es una zona muy primitiva). Baby creció con una enorme sensibilidad hacia todo tipo de violencia. Le daba pánico cualquier macarra, los tatuajes de la asistenta, las cuñas de El Señor de los Anillos. Un día, refugiado de sus terrores nocturnos en la cama de Mamá, le dijo: “Creo que ha llegado el momento de que me lleves a tu psicólogo o a tu homeópata”. Cuando pienso en Baby me asaltan incómodas preguntas: ¿Hemos perdido el sentido común? ¿Necesitamos problemas reales: estrechez económica, una feroz competencia entre hermanos? ¿Son acaso ciertos padres demasiado sofisticados o (Dios me perdone) excesivamente añosos para educar a un crío? Lo peor es saber que, conscientemente o no, casi siempre procuramos hacer a nuestros hijos a nuestra imagen y semejanza. Y a menudo lo conseguimos: sencillamente atroz.

Diario de Cádiz, martes 15 de agosto de 2006, pág. 12