Las mujeres y los días (2008/03/11)

LAS MUJERES Y LOS DÍAS

8 de marzo: un día para “LA mujer”. Vuelvo a tener trece años. Duermo en la habitación de mi abuela, viuda, y lloro porque en la verbena el chico que me gusta ha bailado con otra. Mi abuela me escucha. Oigo su voz en la tiniebla espesa. “No llores… Ya verás cómo se pasa… Yo también lloré mucho a tu edad porque me gustaba un chico que era poeta… Eso fue antes del abuelo…”. Esta abuela, que en mi recuerdo anda por el jardín cogiendo margaritas, es la misma que durante la guerra civil fue en busca de mi abuelo, que fue cogido prisionero por un bando (no importaba qué bando cuando se era prisionero en aquella guerra). Y fue por una carretera levantando todos los cadáveres para ver si alguno era el de él. Y luego se presentó en el cuartel donde estaba preso mi abuelo, se hizo pasar por amiga de uno de sus jefes, les convenció de que todo era un malentendido y se lo llevó. Después huyeron. Ella crió diez hijos en la posguerra. ¿Un día para mi abuela Anita? Vuelvo a tener cuatro años. Sigo por la casa a mi abuela Anna como si fuese un perrito. Ella nunca está quieta. Más tarde sabré que fue enfermera de quirófano hasta que se casó con mi abuelo, que era médico. Residían en el hospital. Su piso estaba justo encima del quirófano. Mi abuela hacía la casa y le sobraba tiempo, mucho tiempo. Se retorcía las manos de frustración e impaciencia. Siempre. Hasta el final. Nunca quiso lavadora. Necesitaba ocuparse. Aunque fuera en lavar. Ella, que empujó y ayudó a mi abuelo a hacer la tesis doctoral, me decía: “Una mujer tiene que mandar sin que lo parezca”. ¿Un día para mi abuela Anna? Mi madre trabajaba cuando en la España de Franco estaba muy mal visto en su clase social. Ganaba más que mi padre. Sin Seguridad Social. Luego opositó con más de cincuenta años en una casa donde los varones decían: “¿Aquí cuándo se cena? ¿Dónde está mi camisa?”. Mi madre pasó los últimos años de oficina arrinconada ostensiblemente, sin nada que hacer. Yo le decía: “Denúncialos”. Pero ella tenía su amor propio, y nunca quiso (más) problemas. ¿Un día para mi madre? No soy  más que una sola mujer, y privilegiada. Todos los años me faltan, nos faltan, 364 días. En un mundo que aún no es.

Diario de Cádiz, martes 11 de marzo de 2008, pág. 41