La transparencia, Dios, la transparencia (Carmen Bustamante en el Museo de Cádiz) (2007/05/15)

LA TRANSPARENCIA, DIOS, LA TRANSPARENCIA

(Carmen Bustamante en el Museo de Cádiz)

            Este mes de mayo expone Carmen Bustamante en el Museo de Cádiz. Lo que el espectador va a encontrar entre los arcos del patio es un conjunto de marinas al óleo en formato cuadrado (1x1m.) o estilizadamente rectangular (30/40×160 cm.). También, en la mesa del centro, unas acuarelas donde el hiperrealismo se hace pop (como en Eduardo Sanz). Yendo por la arcada vamos de la arena detallada (formas de la materia) a la arena abstracta (planos de la luz), de las dunas a las marinas casi completamente colonizadas por la arena, y de éstas al agua, a la transparencia azul o malva del mar o las marismas, y al desierto otra vez, para retornar en el panel del centro del patio a nueve visiones del baluarte de la Candelaria desde el estudio de la pintora. Éste es el punto de vista escogido por Josefa Parra para los versos que embellecen el extraordinario catálogo con fotos de Claudio del Campo. “Casa dentro del mar” es un poema que dice así: “Un cuarto donde hubiera/ olas,/ donde la espuma y el fragor llegaran/ hasta la cama. Un cuarto con mareas./ Con peces./ Con medusas./ Húmedo y exquisito./ Con sal y escalofrío./ Eso soñé./ Mis pies pisan arena/ y tengo miedo de que sea mentira:/ no abro los ojos y te toco a ciegas”. Pero el espectador no mira una habitación sino una naturaleza extensa e intensa en su más absoluta soledad. Tengo una amiga a quien esta soledad golpea como una desolación insoportable (“En ti estás todo, mar, y sin embargo/ qué sin ti estás, que sólo,/ qué lejos siempre de ti mismo”). A mí me gusta la compañía silenciosa de estos cuadros donde, no tierna sino impávida, “la luz moja el pie en el agua”. Nada hay más cruel, violento, fatal, que la naturaleza. No ya la fuerza desencadenada de los elementos sino la dinámica de la naturaleza orgánica (implacable, monstruosa, incomprensible) a la que pertenecemos: esa cadena de lucha por la vida que al fin ha de resolverse “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. Un rastro de memoria, de ADN, ¿qué son desde el embudo donde naufragan las galaxias? Quizá por eso nos gusta perder la mirada en un horizonte que parece infinitamente bello y puro: “Dios del venir, te siento entre mis manos./ No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo./ Eres igual y uno, eres distinto y todo:/ eres dios de lo hermoso conseguido,/ conciencia mía de lo hermoso./ Tú, ahora,/ eres el horizonte que no quita nada;/ la transparencia, dios, la transparencia”. Envueltos en sapinas verdes y amarillos cañaverales, junto al agua vestida de luz como un piadoso espejo de la inmensidad celeste, sentimos, beatíficamente, que, para descansar, no es necesario morir. (No siempre.)

Diario de Cádiz, martes 15 de mayo de 2007, pág. 16