La soledad sonora (2005/03/29)

LA SOLEDAD SONORA

Ustedes saben lo instructivo que es viajar. Imaginen: madrugón para visitar las nevadas cumbres de un parque nacional. En el jeep, el conductor y guía -un Keanu Reaves de Cazorla-, un matrimonio de los que no hablan ni entre sí, una familia no numerosa y un señor mayor. Arrancamos. El guía se presenta –Pedro- y nos invita a presentarnos. El señor mayor se anima: Luis Flores García, perito, viudo, amaba a su esposa, gusta de la sierra, a su mujer en cambio le tiraba la playa, se jubiló hace treinta años, entonces descubrió la fotografía, se apunta a las excursiones para hacer fotos [¿medio ciego y sin máquina?], qué edad le echamos (73, 85…), pues no, 92 añitos, está como una pera, prostático y con pérdidas de sangre, tres millones de glóbulos rojos, es la edad, añora a su Teresa, ha vivido mucho, no teme a la muerte –tampoco corre prisa-, en fin, qué se le va a hacer… El guía interrumpe, con cortesía profesional: bueno, ya se nos ha presentado don Luis, a ver los demás… Los demás dicen escuetamente sus nombres. Pedro cuenta cuándo se constituyó la reserva forestal. Flores, sordo sin piedad, retoma el hilo: -Tres millones de glóbulos rojos… Pedro, confuso, respira hondo y prosigue: -Éste es el pino laricio o blanco, a menudo centenario… Flores, sordo selectivo, se resigna con ostentación (¡Ay, Señor, Señor…!). Pedro, heroico: -Esto fue coto de caza y pesca de Franco. Las truchas… Don Luis cambia de estrategia: -Yo sí que he pescado truchas en el Borosa, pero Tere, en la playa… Pedro, con encono: -En los Poyos de la Mesa es donde rodó Félix Rodríguez de la Fuente la famosa secuencia del águila despeñando al rebeco… –Cuántas fotos tendré de rapaces… Pedro, mártir: -Están intentando reintroducir el quebrantahuesos. Complicado. La hembra, vieja y loca, pica los huevos. Los biólogos tuvieron que disfrazarse de quebrantahuesos para salvar los pollos… -¡Ay, Señor…! En mayo vengo con mi hija. Usted sí que conoce esto, joven. ¿Seguirá aquí de guía? A Pedro se le ha puesto una expresión difícil, inescrutable.

No hay nada en la literatura que no haya estado antes en la vida, y viceversa. Vean si no este microcuento de Pedro de Miguel: “Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas. Me despedí al rato. No sé qué me movió a volver la cabeza. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad”.

Diario de Cádiz, martes 29 de marzo de 2005, p. 14