La santidad del tiempo (2007/04/10)

LA SANTIDAD DEL TIEMPO

Con la primera luna llena de primavera llega la Semana Santa. Veo en la tele de  Turquía cómo lloran los cofrades sevillanos a los que la lluvia impidió procesionar. Se comprende su frustración después de tantos meses de desvelo, pero también una parte de nosotros se resiste a considerar que la religiosidad se reduzca a esta ostentación del ajuar de una imagen. No. La espiritualidad es algo más. Ankara exhibe como joya de las civilizaciones de Anatolia una de las primeras esculturas de la gran Diosa Madre. En la asepsia del museo esta pieza es arte e historia, como el trono del Espíritu Santo visto desde la cúpula del Vaticano cuando el templo es sólo belleza deshabitada, suspendida en el vacío. Muy distinto es un recinto sagrado en la cálida intimidad de los fieles. Pienso en Estambul al caer de la tarde, y los escasos musulmanes que, tras la llamada del muecín a la última oración, se postran en la mezquita nueva, la azul o la de Solimán. Son ellos los que siguen dando sentido a las altas cúpulas pintadas de arabescos, a los muros alicatados de azulejos de Iznik. El viernes santo la minoría ortodoxa se congrega en la iglesia de Santa María para la adoración de la Vera Cruz: envueltos en música ofrecen flores, y el patriarca de Constantinopla evoluciona majestuoso entre incienso bajo su tiara de oro. En la cercana iglesia de San Antonio celebran los católicos sus oficios en todos los idiomas. Ese mismo viernes danzan también, desde el siglo XIII, en este año dedicado por la UNESCO al místico sufí Mevlânâ, los derviches. Giran como gira el universo entero, desde los átomos a las galaxias, buscando la fusión con (y la efusión del) amor divino. Mientras se les dobla dulcemente el talle pasan por sus ojos cerrados las criaturas de Dios. El taxista turco que nos cuenta, por ser españoles, que un hijo es titular de un equipo de Barcelona, otros dos fueron a los juegos de Almería y él mismo fue futbolista. En su taxi lleva los momentos estelares de su vida: la bandera del Barça, la credencial almeriense y una vieja foto de alineación futbolera. Luego está la sonrisa del joven bizco que invita a los traseúntes a subir al restaurante para el que trabaja: lleva todo el día girando el menú con un dedo, como si fuera una pizza, sin perder la alegría. Y la mirada del guía turístico que se hace cargo del sufrimiento de una mujer que sólo aparentemente es un ruidoso cascabel gallego. Y los rostros iluminados de unos escolares que salen del palacio de Topkapi con una flor viva –un pensamiento- en una bolsa de tierra. Realmente, lo sagrado del tiempo es algo muy sencillo, desnudo y sin parafernalia: sólo amor.

Diario de Cádiz, martes 10 de abril de 2007, pág. 14