La rosa y los libros (Para Eloy) (2007/03/20)

LA ROSA Y LOS LIBROS

(Para Eloy)

          El pasado viernes pudimos ver el Adiós, hermano cruel, de Julio Bocca y su ballet argentino: una tragedia de amor incestuoso ambientada en gótica lejanía. Dejando aparte la excelencia de montaje y bailarines, hubo una escena particularmente sugestiva que resolvía ante los ojos del espectador, de una manera tan económica como estética, el paso del tiempo. En efecto, los cuatro adolescentes que juegan a la gallina ciega de pronto se sitúan quietos frente al espectador, iluminados por los focos. Por detrás vienen del fondo oscuro cuatro damas blancas de altos tocados que ofrecen a cada uno el don de su destino: una espada, un libro, una rosa y un rosario. Luego vuelven ellas a la sombra y se cruzan con cuatro bailarines adultos que avanzan y toman el lugar de los niños. Los amigos Franco y Pedro son ahora un guerrero y un fraile que flanquean a los  hermanos. En este punto el espectador diletante y caviloso se pregunta por qué a Marco, el amante transgresor, se le asigna precisamente el libro; si es una convención elegante, un poco esnob, o tiene un significado. Porque uno también se plantea qué clase de diálogo entabla con el presente la obra de arte. Una primera elucubración un tanto errática (me perdonarán: estoy leyendo los contagiosos disparates de Felipe Benítez Reyes), es que la naturaleza y el conocimiento (rosa y libro) están predestinados porque son las dos caras de una misma cosa (somos naturaleza y cultura), pero este amor está tabuado por las fuerzas disociativas de la civilización y no hay salida. Rectificando, tal vez al fondo de esto haya una alegoría sobre una cultura (la nuestra) enamorada de sí misma y abocada por ello irremisiblemente a la (auto)destrucción. Aparte de los ambiguos enigmas simbólicos, lo que emociona en la escena es la asombrosa rapidez y fatal naturalidad con que sobreviene el destino. Pienso en un compañero al que de pronto han diagnosticado cáncer. El mundo se ha vuelto del revés y, quién más, quién menos, cada cual a su manera, de repente nos hemos dado cuenta de que estimamos a Eloy y lo queremos vivo. (“Tarde se aprende lo sencillo”, decía un poema de Hierro). Quizá con estas cosas en la cabeza resultase especialmente revelador intuir que todos somos como esos niños que juegan ciegos, que un día entran en la adolescencia y, con el tiempo, en la cuenta atrás de su destino. Nadie nos da a elegir, en principio, si rosa, rosario, libro o espada, para seguir el misterioso argumento de nuestra vida. Sea como fuere, hoy todos los libros de Filosofía y Letras piensan en Eloy Gómez Rube, nuestro novio del mundo, la flor más guapa y pinturera, che, de nuestra Facultad.

                                                Diario de Cádiz, martes 20 de marzo de 2007, pág. 20