La piel del agua (2005/01/11)

En la antigua lógica del mito, todo don divino solía costarle al hombre un sacrificio no sólo cruel sino a menudo paradójico, de manera que el favor de los dioses podía interpretarse como una ironía del destino. Así, por ejemplo, abundan en las culturas primitivas los casos como el del adivino Tiresias, clarividente y ciego. Mucho tiempo después esta idea de la compensación pervive entre nosotros en dichos como el de “afortunado en juego, desafortunado en amores”, donde la contrapartida analógica es el doble sentido en que giran a la vez las ruedas quién sabe si de la fortuna o si del azar.

¿Y la belleza? Rimbaud dijo haberla sentado una noche en sus rodillas, y la encontró amarga. Su precio, para Shelley, era el dolor.

Pienso en la ciudad de Cádiz. Difícil no emocionarse cuando en mitad de la Caleta se ve aún entre las rocas del arrecife el canal Ponce: ese viejo pasillo que comunicaba con la bahía y dividía la ciudad en dos islas, Kotinoussa y Erytheia, antes de que las soldase definitivamente con sus escombros el río Guadalete, caudaloso y voraz como un Amazonas; cuando uno piensa que hasta el último amasijo de piedra ostionera es un recado fósil del plioceno; cuando uno imagina que esas barquitas que se llaman “Nono y Nona” o “Joven Narciso” flotan entre dos castillos por encima de nidos de ánforas y de morenas; cuando uno encuentra en la orilla un asa de barro de vajilla rota que quién sabe si no sería el lastre de un viejo galeón. Difícil no emocionarse cuando todos los años, después de Reyes, vuelve a zarpar el Juan Sebastián de Elcano, al viento las velas, entre docenas de barquitos locos y engalanados, y suenan incansables los silbatos de sus contramaestres y las sirenas de los remolcadores, y sobrevuelan saludando helicópteros y aviones supersónicos y por unas horas vuelve a parecer talmente que han vuelto los tiempos que añoraba Baroja, cuando la mar era una aventura y Cádiz, emporio del orbe, era un duro columnario de plata maciza mellizo del Potosí. Y cómo no emocionarse cuando todos, todos los días la bajamar tiende una infinita sábana húmeda de arena para que el mar se deje en ella, suavemente, la piel. Y entonces, decía Alberti, sólo entonces, “la luz moja el pie en el agua”. Y cómo huele a algas cuando entra el otoño o la primavera, y cómo el crepúsculo matutino suena a Homero y el vespertino en cambio a Montserrat Roig, cuando la ciudad pasa de los rosados dedos de la aurora a la sagrada mansedumbre de la hora violeta.

Y luego mira uno para dentro, más allá y más acá del paraíso, y piensa qué es lo que exactamente nos han ido quitando los dioses a cambio de tanta, tanta belleza.

                                                    Diario de Cádiz, martes 11 de enero de 2005, p. 16