La mar de tiempo (2006/06/06)

LA MAR DE TIEMPO

No hace mucho, hablando de lo de “Cádiz-Patrimonio de la Humanidad” con un amigo que entiende de estas cosas, me decía que convendría plantearlo de otra manera. Porque cascos históricos más antiguos, mejor conservados y, en definitiva, más valiosos, hay bastantes por ahí. En cambio, hoy por hoy se declaran patrimonio de la humanidad cosas a veces menos tasables y tangibles, por ejemplo una puesta de sol. Se trata de mostrar al mundo que el lugar donde uno vive es para su gente único y como tal debe ser protegido y preservado para todos y por siempre. Si esto es así, siendo Cádiz valioso, como lo es, y habiendo un “feeling” gadita tan potente como lo hay, habrá que ir pensando maneras más operativas de redactar los dossieres del Patrimonio, que pasan por implicar muy activamente a la población. Está desde luego el valor incomparable del mar y de la luz (el cielo es aquí más hondo, constataba el escritor Javier Tomeo), pero no estaría de más reforzar en la ciudadanía la asociación entre lo que de paradisíaco tiene el entorno y su valor histórico. El puente natural es el arte, antiguo y nuevo. Justo ahora la pintora Candi Garbarino acaba de terminar una reconstrucción de los frescos que adornaron una habitación fenicia en la Casa del Obispo. Ella comenta la rara emoción de estar en ese pozo donde se aprecian los diversos estratos subiendo desde los fenicios, a través de griegos, cartagineses, romanos y árabes, hasta los cristianos de Alfonso X el Sabio. Basta pasear el arrecife de la Caleta en marea baja para figurarse las dos islas, Kotinoussa y Erytheia, que la canal dividía. Esta emoción del Tiempo era una obsesión para Fernando Quiñones. En su relato “El testigo” el protagonista, un cantaor, cuenta  que tiene momentos de duende donde se le aparece el cante como un bulto grande de carne de colores, sin ojos y sin manos, y entonces él se siente inmerso en el bulto antiguo y sabio, “leyendo quince libros sin saber leer”, viendo y siendo todo a la vez, como en el poema que abre el libro Violencia inmóvil de Pilar Paz Pasamar. Esta idea de ser poseído por el Tiempo es muy gitana: basta escuchar las historias de Félix Grande sobre los repelucos de cantaores que de repente, en sus fiestas a puerta cerrada del barrio de Santa María, se han sentido poseídos por los ancestros. No, no costaría mucho vertebrar una campaña de concienciación ciudadana para demostrarle al mundo (por lo menos a la UNESCO) lo que berreamos en Carnaval (“esto es Cádiz, y aquí hay que mamar”) sólo que redactado con propiedad y elegancia. Un eslogan: CÁDIZ: LA MAR DE TIEMPO.

Diario de Cádiz, martes 6 de junio de 2006, pág. 14