La luna, el viento y yo (Viaje a China, II) (2006/08/29)

LA LUNA, EL VIENTO Y YO

Hay una China infinitamente delicada que sobrevivió a la revolución cultural primero en el lenguaje (auténtico “Templo del Alma Escondida”) y al fin por razones económicas: el turismo es rentable. Pienso en los jardines chinos: piedra, agua, vegetación y arquitectura. Fascinación de la rocalla y del loto ahora en flor. Los pabellones acogían el ocio lento de los extintos burócratas letrados. En Suzhou, en el Jardín del Viejo Pescador, está el Salón para Leer con los Pinos (que es en invierno). Nuestra guía, Haien, lee en voz alta uno de los poemas allí inscritos: “Shin shin, mu mu, shao shao”: “Los pájaros están hablando con las flores. Es el mejor tiempo para decir: te amo”. El Pabellón para Contemplar la Luna la triplica en el agua y en una pared de espejo. Es éste un país de efectos ópticos: los puentes adoptan la forma de zigzag porque, aparte de burlar a los fantasmas (que no pueden doblar esquinas), así resultan más largos. En el límite puede alzarse una pasarela para que parezca que, sin muro, el estanque discurre infinito. En el Jardín del Administrador Humilde (de nada modestas dimensiones) está el Hall de la Fragancia Distante, con sus paredes de cristal y filigrana de madera y unas sillas Qing con respaldo de mármol cuya gracia reside en que las vetas del mineral parezcan paisajes pintados. Abstrayéndonos del tórrido calor y del gentío, si fuéramos chinos-chinos, Gentes de Han, éste sería el lugar perfecto para degustar el mejor té verde: los brotes que se cosechan en primavera en el Pozo del Dragón. Los tuestan a fuego lento en un bol untado de aceite de semilla, removiéndolos durante una hora (un hombre nos enseña sus callosos dedos ignífugos). Huele a espinaca. El agua se vierte hirviendo en tres golpes. El Arte de Té son flores inventadas (El Hada del Jazmín, El Loto Dorado con Mangas de Jade) que se abren como anémonas con un leve sabor puro (sin azúcar). Luego está el Pabellón para Escuchar Llover sobre las Hojas del Loto. Imagino en la lluvia la soledad de quien ha caído en desgracia: “¿Con quién podré sentarme? / La luna, el viento y yo”. Pero no es de noche. A plena luz suenan miles de chicharras en los sauces llorones: olas de zumbidos de increíble intensidad, como si las ramas fueran cintas de cascabeles. Un sabio cartel nos instruye: “El comportamiento civilizado del turista es otra Visión Brillante”. En la economía del jardín el turista se sabe tan imprescindible como un “paisaje prestado”: un elemento exterior (una pagoda, por ejemplo) que se incorpora a la visual del horizonte. Y uno se siente feliz en su labor de eslabón en la continuidad histórica de tanta belleza.

Diario de Cádiz, martes 29 de agosto de 2006, pág. 15