La ira de los muertos (2006/03/28)

LA IRA DE LOS MUERTOS

Ahora que ETA ha anunciado que deja las armas, es el momento de que esa masa de “pueblo español”, que constituimos, extreme su sensatez más allá de la dinámica de sopa sucia que es la vida política. Esto quiere decir que habrá que pasar página de muchas cosas, como en la Transición, pese a la resistencia de ciertos colectivos. Entonces fueron la extrema derecha y la extrema izquierda. Ahora son fuerzas más confusas que utilizan, entre otras cosas, la tragedia de las víctimas. No significa esto que los asesinos se vayan de rositas ni que se insulte la memoria de los asesinados y sus familiares, pero la negociación ha de hacerse con un criterio de moral empírica: la paz, objetivo legítimo, es el mayor bien para la mayoría. Recuerdo un cuento de la afrofrancesa Véronique Tadjo (n. 1955), “La ira de los muertos” (traducido en Las africanas cuentan, Cádiz, Universidad, 2002). En un lugar destrozado por la guerra civil los muertos no pueden descansar. Su ira se desata sobre los vivos, y provoca una lluvia torrencial y un inmenso silencio. Los vivos piden ayuda a un hombre “iniciado en los secretos del tiempo”, que entabla diálogo con las sombras: “Vengo humildemente a pedir a todos los muertos que me acojáis en la casa del silencio y del luto, en esta noche en la que los recuerdos se abren como llagas. Soy quien viene a pediros que aceptéis darles otra oportunidad a los vivos”. Luego se dirige a los vivos: “Ahora es menester enterrar a los muertos según los ritos, para no conservar de ellos más que la memoria enaltecida por el respeto, para que puedan volver y visitarnos en paz. Son los muertos los que nos piden que sigamos viviendo. Los muertos nacerán de nuevo en el polvo, en el agua que baila, en los niños que se ríen, juegan y tocan las palmas, en cada grano oculto bajo la tierra negra. Es menester derrumbar todo el daño que se hizo para que los difuntos puedan dormir en paz y que la vida sea más liviana, sin el peso de nuestra culpabilidad. Suplicamos a los muertos que reconozcan nuestra humanidad aunque seamos débiles y crueles. Pese a ello, rogamos a los muertos que no dejen consumirse nuestros corazones en el fuego de nuestra existencia”. Y termina: “Hombres, mujeres, cuidaos del deseo de venganza y del ciclo perpetuo de violencia y represalias. Los muertos no tienen paz porque vuestros corazones aún permanecen agujereados por el odio. El dolor llega por oleadas. Pero cuando las oleadas intenten ahogaros, recordad que sois los dueños de vuestras emociones”. Sí. Como en la Transición, pero ojalá que mejor, nos vuelve a tocar explorar con sabiduría los secretos del tiempo.

Diario de Cádiz, martes 28 de marzo de 2006, pág. 16