La infancia misteriosa (Homenaje a Isabel Villar) (2006/05/09)

LA INFANCIA MISTERIOSA (Homenaje a Isabel Villar)

Cuanto más envejezco más me intriga la infancia. No soy la única. Acabo de ver, en la Galería Benot, una maravillosa exposición de Isabel Villar (Salamanca, 1934), a la que se suele catalogar de pintora naïf aunque sus cuadros estén ejecutados con una técnica exquisita que a veces recuerda al aduanero Rousseau. Pero a lo que íbamos. Pinta Villar niñas dormidas, bellas como muñecas, que se recogen en dunas de hierba como si la propia tierra fuera un vientre que las contuviera. Junto a ellas hay todo tipo de animales: la astuta comadreja, el poderoso leopardo, un melenudo león, un lemur tierno como un osito. Me pregunto qué significan las bestias tranquilas que acompañan a estas niñas, qué esconde su sueño: su poderoso instinto sexual; su artero instinto de supervivencia; su inmensa fuerza de hembras; su cálida conexión con la materia.

Son  misteriosos los niños. Un colega me contaba que su hija había llegado a la conclusión de que la luna era suya, porque cuando iba en bici la luna siempre la seguía. Otro le dijo a su padre, con enorme orgullo viril, que a los once años “les sale” a los niños el semen y a los quince los espermatozoides. Después de esta revelación, le comentó exultante: “¿A que tú no sabías que yo sabía “eso”?”. Le dijo el padre que no (sin confesarle que ni él mismo, cuarentón, supo “eso” jamás). Lo que sí le preguntó es si él tenía semen. “Ah, no lo sé. Pero tengo once años”, afirmó cándido y triunfante. Un amigo de mi hijo mostró un temprano temperamento religioso. Alfonso, como Leopardi, se preguntaba incansable por el infinito. Un buen día (no pasaría de siete años) declaró taxativamente que Dios no existe. Se lo había dicho su hermano Gabi: si Dios está en el cielo, pero el cielo es el espacio y en el espacio no hay nada, Dios no existe. A mí me asusta la radicalidad y me limité a comentar: “Hombre, Gabi no lo sabe todo, y ni él ni nadie ha visto lo que hay o deja de haber en el espacio sideral”. Mi hijo, celoso del protagonismo del amigo, decidió tener una duda religiosa en evidente sintonía con su mundo pokémon: “Mamá, si Dios y la Virgen luchan, ¿quién gana?”. El padre: “Pues Dios”. La madre: “Eso habría que verlo”. El padre: “Es que Dios y la Virgen no luchan”. (Empate técnico en las alturas. Ley del talante).

Los niños, como el muñeco diabólico, son tan listos que dan miedo. Vuelvo a los cuadros de Isabel Villar y empiezo a comprender qué significan sus hermosas niñas, aladas a veces, dormidas entre lemures, leones  y leopardos. Incluso unas trillizas que, bajo un árbol de otoño, como una trinidad inocente, se miran en el agua y “saben”.

Diario de Cádiz, martes 9 de mayo de 2006, pág. 18