La hora violeta (2006/08/08)

LA HORA VIOLETA

Para Andrés, en memoria de Dolores

 Pocos momentos tan hermosos como esta hora vespertina en que el cielo está rosa y celeste, virando a malva. Suben la cuesta de la playa los exhaustos familiones. Las abuelas tamaño XL, con la silla de playa que incorpora sombrilla de cochecito de bebé; los maridos más bien esmirriados (con tripilla de cerveza), cargados de muebles plegables; las madres desmaquilladas, con el pelo de un rubio imposible y las generosas lorzas de carne entre los pliegues del pareo; las pubertosas flotando entre el acné, los piercings y braques y ese bikini que quiere ser brasileiro aunque la nalga sea aborigen (gravitatoria, colgante, newtoniana); los chavalillos que se han pasado una hora intentando atrapar el hilillo de agua de la ducha para terminar con las inmensas chanclas y las delgadas canillas espurreadas de arena; los bebés infungibles, inmunes al chantaje de gusanitos. El voyeur estival se fue hace rato. Los del chiringuito cerrado por falta de licencia se han pasado el día a pie de chiringuito cerrado, más que nada por negar la llave de los inodoros, y que quede constancia de que allí no se mea por un tiquismiquis municipal. Se fueron los guardias que apatrullan la playa en patinete o en cuatro ruedas. Rebosan los bidones y florece la basura desbidonada. Llega la hora que en gallego y francés se llama de entre can y lobo, porque con la poca luz no se distingue. Con los perros bajan a la arena los adolescentes con miles de neveras portátiles para su botellón. Va oliendo a porro la escalera de caracol frente a San Felipe Neri. Siguen los del footing calentando en lo alto de la cuesta o galopando felices. Pasean honestamente las parejas y las pandillas de mujeres vacantes, cazadoras, con sus collares étnicos y complementos dorados. (Me pregunto qué daría una fusión de Neandertal masculino en camiseta aborigen –“No todo er mundo puede ser de Cai”- con leoparda sexy en malla de lycra).

            Es muy bella esta hora de entre can y lobo, con su brisa ligera. Sólo se echan de menos dos figuras familiares: sentados en el pretil, faltan Andrés y Dolores, amables espectadores del teatrillo del paseo. Dolores murió. A Andrés se lo llevó su hija a Toledo. Era el portero vitalicio de la plaza de la Almudaina. Se lo trajo de la sierra un vecino. Fue cabrero. Hasta el último día conservó sus antiguos hábitos de trabajador rural. El hombre más cabal y silenciosamente tierno. Cuidó de su mujer (la lavaba, la peinaba, le ponía su insulina, la paseaba), como a la más delicada de las niñas. Sí. El malva hermosísimo de todas las tardes piensa intensamente en Dolores y Andrés.

Diario de Cádiz, martes 8 de agosto de 2006, pág. 13