La hermana Iris, operador poético (2009/12/07)

LA HERMANA IRIS, OPERADOR POÉTICO

                Hablábamos el otro día de los gestos humanos que actúan como operadores poéticos, como gestos que transforman la realidad. Un señor va con unos amigos en un coche y de repente les pide que paren porque quiere oler, quiere volver a oler, la tierra de las viñas. Los compañeros de viaje se quedan un tanto atónitos y traspuestos cuando el otro se pone a aspirar, sin aspavientos, con perfecta seriedad, un terrón seco y polvoriento de albariza. El señor en cuestión era Rafael Alberti y el testigo, su paisano Luis Gatica. Como en nuestra mentalidad el hábito hace al monje, en seguida pensamos: son cosas de poeta. Pero no hace falta ser poeta para operar sobre la realidad. Me mandan un link a un reportaje de TVE, “Historias de Calcuta”, emitido dentro del programa “Pueblo de Dios”. Sale allí una religiosa de la orden de los Sagrados Corazones: la hermana María Iris Prat. Es una mujer ya mayor que en vez de jubilarse sustituyó su destino habitual (ayudaba a los presos y sus familiares en la cárcel boliviana de La Paz) por un destino en la India. No viste hábito retro sino que tiene el aspecto operativo de monja “on the road”: pantalones, blusón, sandalias con calcetines, pelo muy corto y dos bolsas de hule de las de ir a la compra. Dentro de los bolsones van cuadernos y lápices de colores, juguetillos modestos y una muñeca enorme de brazos y piernas articulados y ojos que se cierran y se abren: es la Sanguita, con su pequeño ajuar. La hermana Iris no sabe hablar ninguna de las docenas de lenguas que se hablan en la India, pero se sienta en los tres escalones de una puerta que ya no se usa en un edificio que es un dispensario. Allí está la hermana con su pila de años y sus bolsas, con su gran muñeca en el regazo, y en seguida se le acercan bandadas de niños que andan siempre por la calle como gorriones. Se acercan para jugar. El gesto de ofrecer un precioso juguete transforma el espacio que rodea tres escalones en un jardín de infancia. No hace falta hablar el mismo idioma para enseñar a colorear o ver cómo corren los niños detrás de una pelota. Cuando habla a la cámara la hermana Iris acaricia mecánicamente su muñeca, se la sienta bien en el regazo, le alisa los pelos y le estira la ropa. Luego esta monja se irá poniendo en contacto con las familias que tienen enfermos y necesitan ayuda. Pero piensen ustedes en este operador poético: las calles enfangadas de Calcuta, las chabolas hechas con un lienzo de muro y un techo de plástico, el olor a flores, a guisos, a especias, a mugre, a inmundicia; el hormiguero humano; la oscuridad de los callejones; y una mujer, extranjera y  mayor, andando todo el día de la ceca a la meca con una muñeca enorme, la Sanguita.

Diario de Cádiz, lunes 7 de diciembre de 2009, p. 7.