La Estatua de la Libertad (2007/05/22)

La Estatua de la Libertad

No deja de ser paradójico que en Cádiz la libertad de expresión se circunscriba a las coplas carnavalescas. Como aquí todo el año es Carnaval, el lector ingenuo tiende a pensar que libertad la hay siempre, pero entendámonos: siempre y cuando uno, para decir las cosas, se disfrace de mamarracho en un escenario y en broma (para reírse y que todo siga igual). Al margen de esto el discurso oficial es una pantalla de axiomas intocables entre la falsedad, la demagogia y el sentimentalismo que la sociedad tiende a respaldar por no significarse. Lo único en que no se puede incurrir es en lo políticamente incorrecto, que equivale a lo que antes se llamaba “pecado” y se vigila en nuestra España posmoderna con nuestro arraigado celo inquisitorial. A la pureza de sangre le ha sustituido la pureza ideológica, de opinión y de talante. Viene un periodista (últimamente ha sido Fernando Santiago) a decir que la plantilla de Delphi ha sido partícipe de su desgracia (por absentismo laboral y porque los sindicatos han obligado a la empresa a firmar convenios que han estrangulado su viabilidad), y una horda le amenaza de muerte y se queda con su cara y su matrícula. Se manifiestan los de Delphi y todo el mundo político quiere rentabilizar el evento y salir solidariamente compungido en la foto. La gente de a pie se duele de la desgracia colectiva pero también raja por lo bajo. “Pues en mi pueblo –dice una de Chiclana- no hay paro. La gente se mueve y entre el campo, los negocios y las constructoras, sale adelante”. “Aquí la gente no sabe lo que es trabajar –dice uno de Conil-. Yo estoy en la fruta desde chico, primero por cuenta de un familiar y luego por mi cuenta. Me saqué una FP en el nocturno y todos los días vengo del pueblo y estoy aquí a las ocho de la mañana”. “¿Quién me prejubila a mí, que llevo poniendo cafés desde los quince años?”. El pescadero de la plaza no sabe a quién dejará el negocio, porque su hijo no piensa madrugar para estar todos los días a las cinco en la lonja. El endodoncista no se instaló en Cádiz capital sino en Jerez por miedo a que los cortes del puente le paralizaran la consulta. En el bar se comenta el caso de la enfermera embarazada que denunció al hospital por tenerla en radiología: lo que no dijo es que cogió una sustitución de tres días con premeditación y alevosía y luego montó el pollo de Chernobil. Y así nos va. Flojera, picaresca y mucha corrección política. Si no fuera porque es yanki, nuestra maravilla del mundo sería la Estatua de la Libertad: inmóvil y extranjera (al fin y al cabo la Pepa fue proclamada en Cádiz –culo del vaso español- por gente que mayormente no era de aquí: a ver, si no).

Diario de Cádiz, martes 22 de mayo de 2007, pág. 31