La elegancia social del regalo (2006/12/26)

LA ELEGANCIA SOCIAL DEL REGALO

Mucho despotricar contra Santa Claus, el invasor yanqui vestido de Coca Cola, pero aquí estoy, en mi pisito de soltero, al pie de un abeto de plástico ecológico y pelaje hirsuto y ralo (Electrocutation Tree), con mis regalos de Navidad (los Reyes Magos han perdido la batalla por lentos). No sé por dónde empezar. Mi hermana Chari este año se ha aproximado un poco más a la talla de sudadera que uso, pero lo peor no es eso: lo peor es este Shin Chan XXL enseñando el culo que me ruboriza hasta a mí, a mis 52 años de soltería. ¿Piensa Chari realmente que con esto voy a ligar? Luego está el bonsái que me han vuelto a poner mis padres para que me relaje. No me preocupa porque con regarlo a mi manera a la segunda ya está ahogado (uno de mis nicknames es “Elasesinodebonsáis”). Mi cuñado Esteban, el crítico literario, ataca de nuevo con la joya novelesca de la temporada. La del año pasado en principio prometía (Turquía, el enfrentamiento de culturas), pero el autor casi acaba conmigo: mil páginas nevando, contadas copo a copo (no sabía yo que allí nevara tanto). La del antepasado era de un pubertoso que se mataba a pajas en un pueblo de posguerra mientras daban por la tele la llegada del hombre a la luna. Dicho así es muy rápido: la gracia es ralentizarlo en dos volúmenes de lirismo onánico (esto lo digo “en off”, no vayan a pensar que no soy culto y sensible). Esteban dice que es una metáfora existencial. Por qué no se decidirá a regalarme Dormodor, mi somnífero favorito. O cianuro para un sueño eterno (más acorde con la mutua aversión que nos profesamos). El Megabuda en posición de loto del Import/ Export de Puerto Real es más difícil de recolocar: al rastrillo de la parroquia no lo puedo donar (es un ídolo pagano, y el párroco, ultra ortodoxo, no parece estar ni por el Diálogo de Civilizaciones ni por la Hermandad de los Pueblos). Como sujetapuertas no me sirve: ocupa el vano entero de mi agujero de protección oficial. Voy a ver si mi amigo el reikiano me enseña a convertirme en energía pura para traspasar budas y paredes. Claro que yo también ataco. A Mamen, la hermana más gorda del mundo, le he regalado el perfume “Insolence”. Con que se ponga a girar como la modelo que lo anuncia ya tiene mi cuñado Estaban el ciclón George a domicilio (y erotizado). A Esteban lo mortifico con la quincuagésima edición de El código Da Vinci. De Chari me he vengado con esa manta para ver la tele que parece una piel sintética de hiena: apropiada para las cacerías de sus programas del corazón. Lo más entrañable y propiamente creativo de estas fechas es perfeccionar el arte social del regalo.

Diario de Cádiz, martes 26 de diciembre de 2006, pág. 16