La Edad de Oro (2007/10/06)

LA EDAD DE ORO

Nada como la mente infantil. No sé si les conté que mi amiga Isabel ponderaba a su nieto Sammy lo que disfrutaba el abuelito de niño con sus numerosos hermanos. Sammy, mente precientífica ávida de pandilla (su única hermana debía parecerle pequeña, pesada y sosa), se interesó inmediatamente por la manera de hacer bebés, y la abuela le dio una explicación de persona veraz, pedagógica e ilustrada. No pasó mucho tiempo sin que la seño llamase a tutoría a los padres de Sammy porque el niño pintaba una y otra vez lo mismo: pequeño papá unido por larguísima pichita al ombligo de gran mamá. ¿Qué querría decir aquello? El pequeño Sammy estaba haciendo lo más antiguo del mundo: magia simpática, como los hombres de Altamira cuando pintaban los búfalos que querían cazar. Claro que el pensamiento mágico puede ser algo retorcido. Cuando le pregunté a mi hijo por qué se portaba mal si en el fondo era bueno, me lanzó una mirada de escrutinio psicológico y tuvo que explicarme que dentro de él había un demonio que le obligaba. Intenté animarle a luchar en el bando del ángel de la guarda, poderoso como Supermán, pero el argumento no pareció interesarle demasiado (cada cual se apaña con sus alianzas). Años después, cuando iba a confesarse antes de la primera comunión, quise tirarle de la lengua, porque tengo la impresión de que hoy en día, con eso de no traumatizar a los niños, no les enseñan la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal aplicada a su edad, a su escala. “Le habrás dicho al cura que chinchas a tu hermana, que te haces el sordo cuando te llamo, que dices picardías…”. “Pues no. He resumido. Al cura qué más le da. ¿O es que es un cotilla?”. Ahora recibimos por e-mail www.feadulta.com, plataforma de “Cristianos del siglo XXI”. En uno de los últimos envíos vienen unas “Cartas de los niños a Jesús”, iniciativa de un maestro de primaria del sur de Italia. La antología no tiene desperdicio. “En carnaval me voy a disfrazar de diablo, no te importa, ¿verdad?”. “¿Tú cómo sabías que eras Dios?”. “¿El padre Mario es amigo tuyo o sólo es un compañero del trabajo?”. “Gracias por el hermanito, pero lo que yo había pedido era un perro”. “A lo mejor Caín y Abel no se mataban si hubieran tenido una habitación cada uno. Con mi hermano funciona”. “Seguro que para ti es dificilísimo querer a todos en todo el mundo. En mi familia sólo somos cuatro y yo no lo consigo”. “Yo soy italiano, ¿y tú?”. “¿Sabes que me gusta mucho cómo has hecho a mi novia Simmonetta?”. “Ya no me he vuelto a sentir sola desde que he descubierto que existes”. Qué lástima que pase tan rápido la edad dorada.

Diario de Cádiz, martes 6 de octubre de 2007, pág. 19