La Cultura y el velocirraptor (2005/04/19)

Uno de mis hermanos, en su pubertad feroz, adoptó este eslogan: “La Cultura me persigue, pero yo corro más que ella”. Nosotros, padres conscientes de nuestra alta misión, nos preguntamos qué hacer para culturizar a nuestras criaturas. En las reuniones escolares siempre hay quien se queja de que su retoño no lee motu proprio y sugiere que el colegio le obligue. Los profesores saben que esa vía es la peor, pues se trata de que el niño descubra libremente la fruición lectora: absorberse con pasión egoísta en un libro y no estar para nadie hasta terminarlo. Para inocular este placer lo mejor es haberlo experimentado y transmitirlo por la vía del propio ejemplo. Si nuestros hijos nos ven en los ratos de ocio siempre pegados a la tele, no es lógico que les exijamos que mientras tanto ellos se lean el Quijote. También hay que saber mandar: si no somos capaces de dosificar la gameboy a un enano de seis años, a ver qué hacemos cuando tenga doce. Luego, hay que saber elegir. Venirle a nuestro amado devorador de videojuegos con doscientas páginas de letra apretada, rico vocabulario, largas descripciones y escasa ilustración, es disuasorio. Lo mismo que empeñarse en que le guste lo que a nosotros nos gustaba. Un poner: la Celia de Elena Fortún es de un mundo que ya no existe, mientras que Manolito Gafotas, crítico, inteligente y divertido, actualiza el modelo. Si uno no sabe qué elegir, hay libreros que no muerden y asesoran (en Qüentum, Manuel de Falla, Quórum, El Pupitre…). Solos ante el peligro, un truco: cuando un libro –sobre todo juvenil- va por la vigésima edición o es un best-seller mundial, no suele fallar. Yo profeso enorme gratitud, aparte de a Elvira Lindo y Martín Casariego, a Harry Potter, al Pequeño Vampiro, a Mathilda… Cada niño tiene sus gustos y en los padres está averiguar cuáles son. Aparte de que la literatura infantil y juvenil es un negocio lucrativo y está lleno de morralla (no hay que sacralizar ingenuamente la letra impresa), a un niño puede no gustarle leer ficción y preferir la divulgación del mundo real -tengo la impresión de que, frente a la todopoderosa ficción interactiva, proliferan inútilmente los cuentos aburridos, políticamente correctos, llenos de valores transversales, donde no pasa nada-. En la lectura rige también el método de prueba y error, la libertad de no terminar un libro, de probar otra vez: que no guste una película no significa que no guste el cine.

A mi hermano, dicho sea de paso, la Cultura le alcanzó. Y mira que corría…

Diario de Cádiz, martes 19 de abril de 2005, p. 18