La Barríada (tango épico, que exalta la Plaza de la Almudaina y sus alrededores) (2005/09/27)

Canta, oh Musa, la cólera del viento de levante que echa a rodar impetuoso los contenedores de basura, y dobla las palmeras y destroza los toldos y persianas de la zona en que vivo: esa pequeña colmena de bloques ordinarios cuya fealdad redimen los colores imposibles del mar, el lujo del arrecife y de la arena, la siempre generosa luz del cielo, las damas y galanes de la noche estival. Y canta también, para ser justos, los múltiples encantos de mi barrio, baarrio, baaarrio. Aquí, en su frutería, Manolo el de Conil explica verboso que es el relente el que saca la fragancia de la hierbabuena, y que en los restaurantes se usa la ensalada de roble, canónigo y berro porque llena menos que la lechuga y no quita el apetito de viandas de más enjundia y precio. “Esos calabacines ¿son buenos de verdad?”. “Los mejores, doña Carmen, qué le voy yo a decir. De sobra sabe usted que nunca hay que creer lo que dice un frutero”. Allá Isaac alegra a las adquisitivas huestes femeninas con su blanca sonrisa y el inacabable surtido -necesidad, dispendio y fantasía- de su bazar. Y lo más prodigioso, pero cierto, porque sabido es que los moros son muy diestros en idiomas: de cómo Isaac le adivinó a una clienta que procedía exactamente de Trujillo. Aquí asienta sus reales el pacífico Juanito, héroe de los niños que querrían vivir por siempre en una sabrosa barraca-barricada de lacasitos, draculines, pasarratos, finibum…, con su tele en lo alto encendida a todas horas. Aquí Teresa y su corte (Fernando, Reme y Teresita) atienden el negocio, mitad farmacia mitad sucursal de Madre Coraje (recogida de ropa, juguetes, libros, medicamentos…), con conversación terapéutica para los dolientes habituales. Justo al lado la cajera Isabel, Agustina del Champión, resiste glamourizando las jornadas infinitas con la prueba y error de toda la gama cromática del tinte en su melena. La gran superficie no impide, empero, que Corpus, tendero de Soria decorosamente numantino, siga floreciendo entre sus joyas patrias: el brillo púrpura del Jabugo, la alubia chata del Barco de Ávila, la morcilla de arroz de Burgos, la torta del Casar… En el mercado de Nuestra Señora del Rosario cobran de menos y despachan de más a las monjitas. Y en la plaza de Asdrúbal, mientras los niños cafrean y las pubertosillas pelan lánguidas pipas en un banco, los amos de perros se socializan entre sí y los padres cambian cromos de fútbol con el meticuloso entusiasmo de las infancias coleccionistas de antaño.

Ahora que yo me marcho a Grecia, ocúpate tú, oh Musa sentimental, de cantar indesmayablemente los verídicos encantos de mi barrio, baarrio, baaarrio…

Diario de Cádiz, martes 27 de septiembre de 2005, pág. 16