Imago Mundi (2005/03/22)

IMAGO MUNDI

Ahora que en Semana Santa vuelven los desplazamientos poblacionales, me acuerdo de Peñíscola, que son tres. 1) Una franja hotelera paralela a la costa, de una fealdad sólo superada por Oropesa. 2) Un paseo marítimo donde tienen sus precarias taifas los inmigrantes: las mantas de los senegaleses, los indios con enormes plumeros de jefe sioux, el japonés que escribe las letras de tu nombre como un estallido de plantas y pájaros tropicales, los chinos con sus frágiles quincallas luminosas y semovientes, las negras sedentes en sus bubús multicolores que te tejen la cabeza (trenzas, rastas) como las incansables manos de la tierra. Y tras el tómbolo, 3) la roca fortaleza que se pierde en las edades, desde los iberos, pasando por griegos, cartagineses y romanos, hasta la invasión francesa. Lo más impactante, sobre todo en las fiestas de la Virgen de la Ermitana, a principios de septiembre, es la posmoderna yuxtaposición. De un lado el folclore: las procesiones de moros y cristianos, la carrera entre tambores y bengalas de los mozos, el arroz negro con alioli, la plaza desmontable donde juegan a los toros, torillos de verdad que terminan huyendo por la playa, y uno metálico de fuego justo antes de los famosos fuegos artificiales que nos hicieron llorar cuando vimos Calabuch. Junto al tipismo, exposición de la Asociación de Amigos del Bonsái de Benicarló (¿tienen otoño los arces enanos?). En el laberinto de callejuelas, souvenirs: caracolas gigantes de un mar que difícilmente podría ser el Mediterráneo. La peña está minada de grutas y por un agujero bufa siempre, como un toro de agua, el mar. También mana una inexplicable fuente de agua dulce. En el castillo que fue de los templarios y luego corte del Papa Luna (saludos de su parte al novelista Jesús Maeso), todo a la vez: los aposentos de Benedicto XIII, que abrió una ventana para mirar hacia Roma por encima del proceloso vacío. En el calabozo, reproducción didáctica de instrumental de la Inquisición, como la doncella de hierro: sarcófago antropoide con pinchos en el interior. En el aljibe, una tal Crutzen viene a ser en pintura lila lo que Bárbara Cartland en novela rosa. En la sala del cuerpo de guardia, fotografías de Morihiro Oki sobre los morideros que atienden las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Para subir a las almenas hay una escalera que en el techo tiene una escalera invertida, por si al final de los tiempos la tierra se volvía del revés. Desde arriba, las azoteas rojas de las casas, empezando por la del farero, contra un mar que es el color azul puesto de pie, tan destellante y móvil que marea. Imagen del mundo, Peñíscola: horrible, bellísima, desconcertante.

Diario de Cádiz, martes 22 de marzo de 2005, pág. 14