Imagine (2005/07/26)

                                                       IMAGINE

          Querida gente, aquí Lenon de Cádiz, ciudad Patrimonio de la Humanidad, retransmitiendo para la diar pípol toda suerte de peregrinas y/o seráficas imaginaciones.

Hace poco, tras una sesuda conferencia sobre el Gadir antiguo, se acercó al conferenciante un individuo que, del bracete de una señora chaparrita con coleta oleaginosa, quiso poner en común cómo él, andando una noche por la calle de la Rosa, había visto (“y no iba puesto de ná”) el mismísimo Templo de Hércules, todo lleno de oro, justo a la altura de la casa de su madre, allí presente, que no le dejaría mentir. El conferenciante, amparado en una sordera mitad real, mitad figurada, puso cara de póker, fuese y no hubo nada. Pero el Virus Visionario, retro o prospectivo, se contagia.

El sábado pasado visitaba el Castillo de San Sebastián de la mano de una ingeniosa cuadrilla de animadores (“Cádiz De Ida y Vuelta”), cuando de pronto dejé de ver el pedregoso erial que es en la actualidad el recinto, sustituido por una superficie igualada, ora empedrada, ora ajardinada, y con sus escalones de acceso a la muralla en perfecto estado de conservación. El ala donde hoy se muestran bóvedas, troneras y calabozos en  alarmante estado de desmigación, estaba intacta, totalmente visitable, dotada de la preceptiva artillería mayor y menor (cañones, culebrinas), y un pequeño museo con piezas originales encontradas en la zona (no un pseudomuseo de paneles y réplicas). En la otra banda se alzaba, de fábrica nueva pero a tono con el conjunto (nada de volúmenes estrafalarios oxidados u “orgánicos”), una serie de pequeños bares y restaurantes abiertos todo el año, con eventuales espectáculos de cante y baile, muy del gusto del público. Lejos ya el miedo a la iniciativa privada, había también tiendas varias y, en el primer recinto, antes del puente de arena, una pequeña hospedería con encanto y un acuario no gigantesco pero sí curioso, dentro de un invernadero de cristal. Más allá, el balneario funcionaba efectivamente como centro de arqueología subacuática (se estaban rescatando pecios en la Bahía), el antiguo hospicio era residencia de lujo para la tercera edad, y donde estuvo el cine de verano había un cuidado colegio mayor, lo mismo que en El Olivillo. Por supuesto que ya no existía la movida juvenil, los botes de la Caleta llevaban a los turistas a ver puestas de sol, a hacer pesca submarina y a la romería del Carmen, y los y las bañistas (que, sin ser sílfides ni Adonis, mostraban anatomías razonables), leían a Luis Mateo Díez entre bingo y bingo, y merendaban fruta sin echar a la arena el hueso. Lo que yo digo: diar pípol, más acción y menos IMÁYIN.

Diario de Cádiz, martes 26 de julio de 2005, pág. 16