Hueso sacro (2005/04/05)

HUESO SACRO

Soy de la opinión de que la religiosidad está en la base de la constitución simbólica del ser humano y es uno de los mecanismos más fuertes de socialización y supervivencia con que cuenta nuestra especie. He educado a mis hijos en ella porque estoy convencida de que la conciencia del niño se forma mejor a través del mito y del rito que de la pura racionalidad. Con la edad la gente se distancia o inhibe ante el mito y el rito, pero quedan los valores éticos y algunos símbolos ligados al sentimiento (fuerte o no) de lo sagrado: el amor, la bondad, la providencia, el misterio de la naturaleza, de la vida y la muerte. Y el consuelo de rezar en los momentos de tribulación, que a lo largo de la vida no son pocos. En otras palabras, no me importa la ortodoxia sino la ortopraxia: más allá de doctrinas específicas (histórico-culturales), cuenta la práctica de una ética básica que casi todas las religiones comparten: el respeto a la vida, la compasión, la honradez, la sinceridad, la justicia, la protección del desamparado.

Ahora que ha muerto Juan Pablo II sería de desear un sucesor partidario del ecumenismo y de algunas cosas más. Son muchos los cabos sueltos del catolicismo. Algunos realmente no ofrecen gran problema. Si la Iglesia revisara su historia, como propone el teólogo Hans Küng (asesor de Juan XXIII en el Concilio Vaticano II), se vería, entre otras cosas, que casi todos los dogmas son sobrevenidos y que antes del primer milenio la Iglesia tenía sacerdotisas y no era obligatorio el celibato. Luego está el problema de la sexualidad en general y de la homosexualidad en concreto, más las espinosas cuestiones de la bioética, que la Iglesia debe revisar con honestidad e información científica, dando prioridad al juicio sobre el prejuicio. Por fin, ojalá prevalezcan las inquietudes sociales de la teología de la liberación y no los intereses de facciones reaccionarias y clasistas que tanto han dañado al catolicismo, convirtiéndolo a ojos de muchos en la coartada trascendental de los poderosos, o en un mezquino o alienante negocio de salvación del alma propia. La espiritualidad tiene que ver con sentirse re-ligado al universo por un cordón de amor operativo, de caridad. No es un astuto negociete privado con un Dios rentable.

Si el Vaticano no sabe comprender la necesidad espiritual de aterrizar en la historia, allá él. El hueso sacro no necesita de élites fósiles para sobrevivir: está en nosotros. Esperemos que del próximo cónclave salga un Papa que merezca ser el pastor de tanta gente buena como integra la Iglesia.

Diario de Cádiz, martes 5 de abril de 2005, p. 22