Hay días (2006/09/19)

HAY DÍAS

Hay días que pesan demasiado. No es sólo que las vacaciones sepan cada vez a menos, ni que al mirarte al espejo constates que definitivamente has cambiado de formato y no hay pádel capaz de lijarte las caderas. Es que de repente te diste cuenta de que falta muy poco para quedarte sin niños. Ahora que empieza el colegio te encuentras con que Paquirrín ya no se deja besar delante de sus amigos, y tienes que llamarle Paco o Francisco, y te preocupa bastante el tipo de chavales, con cresta, pendientes, novia y tabaco, que merodean por la plaza donde Paquito juega al fútbol con sus colegas. Luego, no tienes manera de protestar en el colegio de que a tu Francisco le haya tocado con doña Margarita, una docente manifiestamente negada, ignorante y prepotente que disfruta desmotivando a los alumnos (mejor cuanto más frágiles o más valiosos) y encumbrando a los pelotas y mediocres a quienes domina. Un claustro de profesores es un compacto endogámico irrompible y no tienes fuerza para meterte en un pleito de inspección. Tampoco te legitima nadie para tirar a la basura la tele, el ordenador, la play station, la game boy y el mp4 que absorben las decrecientes neuronas de Paquirrín (perdón: Paco). En el trabajo vuelves a soportar la alargada sombra de ese jefe que es un enano arrogante y ridículo (el que no pintó Velázquez): ese mafias acomplejado que ha logrado que nada funcione como debe y todo parezca, sobre el papel, absolutamente europeo y maravilloso. Y tienes que tragar saliva cada vez que asistes impotente al mobbing que padece tu compañero más desvalido: el que está solo, no tiene nada que ofrecer y pronto será sustituido (casualidad) por la mujer del jefe (el enano sin Velázquez). Tampoco puedes decir en voz alta las palabras que piensas porque no son políticamente correctas. “Disfunción” como mucho, y ya te vale. Tus padres envejecen. Hay amigos de tu edad que se han muerto de infarto. Con suerte dentro de algunos años entrarás en el cupo de la prejubilación. Para entonces podrás excursionarte con el Imserso, mira, y a lo mejor hasta te apuntas a bailes de salón. Pero ahora sientes cierta envidia por las que después de dejar a los niños en el cole se van a desayunar tan felices: las desahogadas madres del cafelito. Y tú vas con la lengua fuera de un infierno a otro infierno (el centro de trabajo fraudulento, el colegio cristiano que de cristiano tiene poco), cansada. Menos mal que no has visto mil veces “Lo que el viento se llevó” en vano. No podrías decir con Scarlett O´Hara “juro que jamás volveré a pasar hambre”. Pero sí que puedes acostarte con la tozuda esperanza de que mañana será otro día.

Diario de Cádiz, martes 19 de septiembre de 2006, pág. 16