Happy end (2005/07/05)

                        HAPPY END

Las prácticas funerarias son una fuente surrealista de sorpresas. El otro día, en el pequeño recinto de un panteón, a una señora casi le dio una lipotimia cuando se percató de que desde unas labradas urnas de cristal le sonrían varias calaveras de santos, acomodadas sobre sus fémures y coquetamente tocadas con coronas de rosas de tela.

Ahora resulta que en Cancún (Méjico) están construyendo un parque temático de atracciones con pirámide incluida. Lo novedoso es que la pirámide neomaya funciona como si fuese egipcia, pero a la manera del cementerio mancomunado de Chiclana: uno se puede enterrar allí (incinerado), y según lo que pague ocupa nicho barato, y entonces se masifica en niveles inferiores, o nicho business, y entonces disfruta de vistas de altura. Con esto los inversionistas se apuntan a las lucrativas pompas fúnebres y ofrecen al turista restos verdaderamente humanos. Tiene que ser horroroso pasarse la eternidad haciendo cola en una montaña pseudo-rusa. Con el calor que debe hacer en Cancún. Y el bochorno de integrar el decorado de una auténtica horterada.

Mi emisora favorita me informa de que un alemán ha inventado un móvil para ser enterrado junto al difunto, de manera que los que no le olvidan puedan aliviar su ausencia charlando con él. La batería dura un año, que es lo que se calcula que tarda en elaborarse el duelo. Por cuestión de delicadeza, el teléfono no suena cuando recibe llamadas, no vaya a ser que a algún desconocido le dé un soponcio al escuchar en medio de la necrópolis una sintonía trasmundana. No nos libraremos de la contaminación acústica ni en la intimidad de la tumba. Si yo fuera el finado, me esforzaría en reunir mis subátomos cuánticos para emitir un último mensaje: QUE TE CALLES.

Pero realmente lo que me haría ilusión es amadrinar un árbol en la campaña que ahora mismo promueve el Ayuntamiento de Cádiz: un árbol que, por gentileza de mis deudos o mediante una previsora manda testamentaria, perpetúe mi nombre. Podría ser un almendro, y por enero o febrero vendría alguien a recitarme los versos que le escribió Miguel Hernández a su amigo Sijé: “…a las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compañero del alma, compañero”. Ya que hemos de morir, que nos suplante un árbol verdadero en un sitio real. Con regazo de sombra y el pasajero asombro de las flores. Imaginen qué hermosa y generosa extravagancia, transmutarse en palmera washingtona o en lluvia azul de pétalos de jacaranda.

Diario de Cádiz, martes 5 de julio de 2005, pág. 14