Elogio de mi peña excursionista (2007/10/23)

ELOGIO DE MI PEÑA EXCURSIONISTA

Con el otoño echo de menos mi peña excursionista. Éramos muchos. Nunca supimos cuántos. Había una directiva: Ricardo tocaba el silbato y Javier era geoestratega. Sabíamos perdernos con mapa topográfico y GPS, mientras Antonio el bombero, impertérrito, seguía cogiendo tagarninas. Teníamos delegación de ateeses de la Residencia: Juande era el alma mesiánica; Lola Manday combinaba la lengua más picante con una honda espiritualidad (fue capaz de bañarse en el Ganges entre restos de cadáveres y tal); Menchu se apuntó a la India echando el bofe y plastificada con guantes de quirófano. Cuando fuimos al pinsapar, todos nos forramos de polar menos un marianista longevo que gastaba pantalón corto. “Cura y montaraz, seguro que es vasco”. (Lo era). También había una profesora de música con sus hijos, que cantaban a cuatro voces por los barrancos. Los fumadores temíamos morir de asfixia entre “Sonrisas y lágrimas”. Otra vez nos dividimos en dos columnas homogéneamente desorientadas. Los de la nuestra anduvimos por un estrecho cauce seco dando resbalones acrobáticos por las verdinosas piedras. De vez en cuando un gran culo provocaba un tapón, o le daba un soponcio a un asmático. No podíamos detenernos porque un loco de esos que se creen Miguel de la Quadra había cogido un seguido frenético llevándose a los niños. La otra columna había ido a parar a un cortafuegos, desde donde rodaron ladera abajo. Experiencia simpática fue la de Leopoldo, a quien su mujer apuntó de marcha sin su consentimiento, por lo de la paternidad responsable: un ejecutivo exánime tras dura semana de trabajo se une a pintoresca expedición. A su Joselito (un cafre normal, majete y despegado) no le vio el pelo. Leo se esmeró en transmitir su entusiasmo por el máster de ingeniería que cursaba, con euforia un tanto extemporánea en plenas cañadas de Puerto Real. Esa noche fue asistido con pediluvios y friegas. Otro día invadimos una finca en los Alcornocales y fue otro Antonio el que se encargó de ablandar al capataz haciéndole ver la indefensión de un septuagenario expulsado al yermo. Carmen, su mujer, se mosqueó: “No sé para qué dices que tienes 70 años, Antonio, si sólo tienes 69”. Mi peña no era austera. Hacia las once hacíamos un alto energético naturista para tomar dátiles y orejones. Hacia las tres el personal se despendolaba con todo tipo de viandas, vino y el pacharán del vasco. Caía la tarde cuando entrábamos en Cádiz. Los niños le daban duro a la game boy. Titilaban las luces en el crepúsculo violeta. Éramos una peña moderadamente extenuada, feliz y surrealista.

Diario de Cádiz, martes 23 de octubre de 2007, pág. 17