El taller de Galván (2006/04/04)

EL TALLER DE GALVÁN

Sábado 1 de abril: visita con unos alumnos de Hispánicas a los encuadernadores Galván, hijos y sucesores de aquel don José, natural de Puebla de Cazalla, que vino a Cádiz en 1915, montó su taller en 1945 y ya por los 50 era internacionalmente conocido (aunque apenas se sepa aquí). Antonio y José Galván, conversadores generosos, ofrecen con naturalidad la suma de oficio, arte, historia y humanidad de quienes son quizá los únicos en España que practican todo tipo de encuadernación, clásica o vanguardista. Ver cómo cosen los pliegos y las variantes y calidad de los nudos; distinguir una portada hecha con plancha industrial de otra artesanal, y, dentro de ésta, una orla hecha con rueda –preciosa herramienta del siglo XVI- de otra hecha con hierros o troqueles de bronce (de mucho mayor mérito); nombrar las tres técnicas de la encuadernación: el gofrado (estampación de hierros sin oro), el dorado (estampación con oro) y el mosaico (collage de pieles de diferente color); saber que las mejores pieles, de cabra, vienen de Francia y se distinguen por la textura, desde la de grano fino (“chagrin”) hasta la más valiosa, de grano grueso (el “marroquin” de Marruecos); tocar los papeles de aguas hechos con tintas litográficas, ver un libro con camisa y compartir mil y una historias. A los Galván les encomendó el P. Arteche los antifonarios de la Cartuja de Jerez en los 50; su primera obra maestra fue un encargo de un oftalmólogo sevillano, José Aznares alias “Akela” (fundador de los Scouts andaluces), que les encomendó su colección de poemas de amor: Mi eterna primavera es un libro selváticamente “floreal”; luego, en Gerona, fue la reencuadernación del Beato de Liébana, del siglo X  (jura José –mientras Antonio se sonríe- que casi oyó al Beato darle las gracias por haber liberado el códice de su cárcel de cola industrial); por sus manos han pasado incunables (una primera edición de la Gramática de Nebrija) y bastantes ediciones princeps de Poeta en Nueva York y de los más sonados premios (como el Reina Sofía de José Hierro). Rueda ahora de mano en mano una preciosa encuadernación holandesa (en media piel, con tapas a la acuarela, efecto “nebulosa”) de una edición políglota del poema “El infinito”, de Leopardi. Escuchamos cómo suenan los versos en checo y pienso, con Guillén, que lejos de la basura de Marbella sigue habiendo un mundo bien hecho, como estos libros primorosamente encuadernados, como estos señores que nos regalan su saber y su tiempo, como estos muchachos (Vladimira, Elena, Inés, Miguel Ángel, Alejandro y Víctor) que aprenden a ver y admirar, mientras otros duermen la mona del botellón.

Diario de Cádiz, martes 4 de abril de 2006, pág. 16