El sustrato Da Vinci (2006/05/30)

EL SUSTRATO DA VINCI

Con o sin internet vivimos en una rara red de trayectorias cruzadas y extrañas correspondencias. A Fernando Quiñones le gustaban mucho estas curiosidades. En una de sus “Mijitas del freidor” cuenta de una peregrina conversación que sorprendió en el Metro: una mujer le hablaba a otra de trabajos domésticos y de lo cansada que acababa con algunos. “-Sobre todo –añadió- cuando tengo que lamer una puerta de las grandes para que eso no se note”. Otra vez llamó por error a un número de Buenos Aires que no era, y se puso al teléfono una señora que quería saber dónde iba a ser la lectura de un poeta español que iba ese día a recitar versos y era… el propio Quiñones. En la plaza de abastos recuerdo cómo una clienta se le quejaba a la carnicera de que le había vuelto a montar un pollo su exmarido: el que la había abandonado junto a su hijo y seguía haciéndole la vida imposible y poniéndola en todas partes de puta para arriba. Si la confidencia era terrible peor aún era la historia entera: resultaba que había tenido un hijo con síndrome de Down y el marido, incapaz de aceptar que aquel niño fuera suyo, había dado en la paranoia de suponerla adúltera, y la insultaba vilmente ante todo el vecindario a la mínima ocasión. Así llevaba ya ocho años, el tiempo de su martirio, la edad de su criatura. Una madrugada en que salía para el aeropuerto vi una enorme luna llena y pensé: “Esta luna seguro que se lleva al tío Cristóbal” (estaba muy enfermo). Murió exactamente a la hora en que yo pensaba eso. Este año se nos mató un Erasmus. Fue en Carnaval, un accidente tonto de borrachera. No recuerdo su cara porque apenas fue a clase. Pero a principio de curso a todos los alumnos les había adjudicado un poema que comentar. Cuando supe de su muerte, me dio por mirar qué poema le había tocado. Era una rima de Bécquer: “Yo me he asomado a las profundas simas / de la tierra y del cielo, / y les he visto el fin, o con los ojos, / o con el pensamiento. / Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo / y me incliné un momento, / y mi alma y mis ojos se turbaron: / ¡Tan hondo era y tan negro!”.

Somos seres imaginativos, sugestionables. Más allá de nuestra personal insignificancia, sabemos que la realidad está llena de tramas espantosas, coincidencias poéticas, extraños cabos sueltos. Con un poco de entrenamiento detrás de cada uno de nosotros subyace un “gourmet” de rarezas surrealistas, incluso un incansable decodificador (in pectore) de misterios. Cómo sorprenderse entonces del éxito de libros y películas como El nombre de la rosa, El club Dumas, El código Da Vinci.

Diario de Cádiz, martes 30 de mayo de 2006, pág. 16