El silencio de los corderos (2006/05/02)

                                    EL SILENCIO DE LOS CORDEROS

          Me las prometía felices: cinco horas de Altaria por delante, el campo en primavera, un novelón de Amy Tan (Los cien sentidos secretos) y una baguete modelo Paolo Coelho (“el sentido de la vida”). Apenas me instalo irrumpe en el vagón un estrépito de nenas superpijas. “A ver si nos toca juntas y charlaaaamoss…”. Me piden con displicente cortesía que intercambiemos asientos, pero la ventana es innegociable. Ligera tirantez. La que va delante se vuelve para encarar a las tres que van detrás, una de ellas a mi lado. La contaminación acústica es su venganza: los cien sentidos secretos se reducen a dos orejas abrumadas. “Qué ilu, tía, la Feria de Sevilla. Llevo tres trajes que te cagas, uno es la monda, no veas, de lunares…”. Empieza la guerra de los móviles (Pii, pii, Love story, Guau, Caballería rusticana, Para Elisa). La pija hiperactiva discute con su novio y resume a la pandilla el estado de la cuestión: Alfonso es posesivo y se ha cabreado porque ella, pendiente del equipaje con su ropita ideal de la muerte, no le hacía caso; es un aguafiestas y no tienen futuro: ella trabaja en la ofi –el jefe es decorador-, y se divierte entrando y saliendo con sus amigas, mientras él es un bohemio insociable de La Moraleja (-“¡como Pocholo!-”), no trabaja, no estudia, lee en pareo, no entra ni sale, es escultor pero no esculpe porque ahora está, no sé, sí, lo que tú dices, como bloqueado, aunque es un artista: con un palito te hace lo que quieras, oyes (a estas alturas no sé si Alfonso merece mi compasión). Más allá  Maguila Gorila sostiene con monosílabos castellanomanchegos una conversación que debe ser de amor: “Ejjjj quee… Sí, sí, gordi, yo también, mucho, sí, sí, yo también…”. Un joven atractivo de sonrisa  lobuna despacha a sus clientes con la facundia del trepa audaz. Al fondo una señora va radiando todo lo que ha hecho hoy, que no es nada pero contado en tiempo real ocupa todo el viaje. Languidecen los móviles. Pasada la fase esteticién de la charla, las pijas se psicoanalizan: “Tú tienes mucha personalidad. A ver cómo te digo: si fueras a una boda serías la novia, ¿entiendes…?”, “Yo no lo hago aposta, ¿eh?, es que me sale”. “Es que tú eres así, claro”. Me dirijo al vagón cafetería. Horror: las pijas se me han sincronizado. Bajan en Sevilla, y les toma el relevo una matrona que berrea urbi et orbe cómo quiere que le instalen sus nuevos cabeceros. Cuando llego a Cádiz la Facultad está llena de carteles: “Día del Silencio. Concierto en…”. ¿Silencio? El silencio no es un valor mediterráneo, latino. Ya se daría Jodi Foster con un canto en los dientes si aquí se estuvieran callados por lo menos los corderos.

Diario de Cádiz, martes 2 de mayo de 2006, pág. 12