El río de la vida (2005/09/20)

EL RÍO DE LA VIDA

Hay un placer sencillo en mirar a la gente por la calle, como si uno fuera un Rousseau paseante y pensativo pero no exactamente solitario: allí están los demás, ofreciendo deliberada o involuntariamente su humano espectáculo. Recuerdo el susto de una noche cuando se me apareció en el metro un adolescente lívido, despeluchado, de sonrisa satánica y enfundado en negro, que casi me da un soponcio porque yo ignoraba lo de las tribus urbanas góticas y pensé que era mismamente un hijo de Drácula que andaba suelto por París. Frente al Covent Garden un borracho, tirado en el suelo, cantaba con etílica sorna el “Adeste fideles” usando un cono de tráfico como megáfono. Hace unos días, un barítono se desgañitaba en medio de Preciados (“Ahí está el de siempre”) con evidente delectación: era el placer de convertir el centro de Madrid en su Liceu. Shock en una tienda de Princesa: mientras una está absorta discutiendo con su legítima heredera qué tipo de calzado está dispuesta a financiar, se alza una vocecilla: “Yo estoy muy ágil. Mira, y mira, y mira”. Nos volvemos y hay una anciana menuda contorsionándose en el suelo como una garrapata eléctrica que de pronto se incorpora, se alisa el vestido y, entre aplausos, se yergue desafiante: “Ochenta y cuatro años”.

Cádiz no es diferente. Los jóvenes de Muñoz Arenillas conocen a Manolito Bandera, quien, llegado el momento, se acerca a un poste, lo soba como un boy a una barra y termina haciendo una exhibición del arte de agarrarse a un mástil y, a pulso, poner el cuerpo horizontal al suelo. Un señor mayor piropea a una jovencita: “Señorita, qué bonitas piernas”. Dos días después el sexólogo López Doña reproducía en este diario la consulta de un hombre que decía que, con la edad, había desarrollado una fijación por las pantorrillas femeninas. ¿Sería el mismo? Por mi barrio hay una mujer con ojos de pantano que pide limosna cuando da el sol y no sopla viento. A cambio se interesa amablemente por sus benefactores, en su mayor parte jubilados con ganas de pegar un rato la hebra. Una mañana la sorprendí hablando con un hombre al que jamás había visto, pero cuya extraña cicatriz respondía exactamente a la descripción de un personaje siniestro, inspirado acaso en la realidad, de una novela de Manuel Ramos Ortega. El señor se quejaba de que su mujer tenía Alzheimer y su vida era un infierno.

Pocas cosas hay más placenteras que dejarse llevar por el río de la vida en plena calle. Porque hay una parte de nuestro ser que mostramos o nos demuestra a los ojos ajenos. Y éste es el territorio de la sorpresa, la reflexión, la maravilla.

Diario de Cádiz, martes 20 de septiembre de 2005, pág. 14