El pan de Dios (2006/03/07)

EL PAN DE DIOS

Ha llovido mucho en Marruecos, en sus montañas y en sus llanuras agrícolas. Algunas mujeres lavan en el río o venden queso de cabra en la carretera. Muchos hombres vegetan en medio de cualquier parte sin hacer nada: apoyados en el quicio del aire o sentados en un café sólo para hombres. La mitad de la población es menor de edad. El paro es alto, alta la emigración, ínfimos los sueldos y el trabajo, duro. Se ven casas abiertas y vacías como desangeladas cajas de zapatos: nuevos o desmigados por la humedad, los ladrillos quedan sin enlucir. Las calles son barrizales sin alumbrado. En la medina de Fez, un laberinto de callejones apuntalados que conserva el mísero encanto medieval gracias a la UNESCO, viven 350.000 personas en casas de vecinos (escaleras angostas como hebras, oscuridad táctil, un lavabo para mujeres y niños, los hombres se asean en la calle). Burro va: y pasa un asnillo tan cargado que podría reventar ahí mismo. Hombre va: y pasa un viejo desdentado arrastrando a duras penas un carrito de naranjas entre un enjambre de chiquillos que persiguen a los turistas con espejitos de latón: “Señora guapa, tú sólo comprar a los ricos” (y es verdad, porque a ellos te llevan los guías, que cobran comisión). Los artesanos trabajan en cubículos sin luz o en patios medio en ruinas. Los curtidores chapotean medio desnudos en cubas asfixiantes de sosa cáustica y palomino. Son niños los que tallan una a una las teselas para el mosaico del alicatado zellij. Por gremios exponen los puestos diminutos todos los colores del mundo en forma de abanicos de bobinas de hilo, cascadas de pañuelos y caftanes bordados, ladrillos de turrón, torres de babuchas, espejos de nácar y hueso de camello, collares de coral o de resina o de higos, montañas de especias molidas y sin moler. Pero para vivir no basta la belleza ni el interés antropológico: hace falta comer. La buena esposa es la que amasa su propio pan y lleva sus molletes a la tahona. A veces pasa por el horno alguien que deja dinero sin llevarse nada: es su limosna para los pobres vergonzantes, que se dejan caer por allí como al azar y preguntan al panadero si hay “pan de Dios”. Llama el muecín a la oración pero son pocos los creyentes que van a la mezquita (decrecieron los practicantes). Los guiris infieles se apelotonan en la inviolable entrada. Mientras un anciano se purifica dentro, fuera se escucha el susurro de un proxeneta adolescente (“¿Españoles? Hoolaaaa, Espaañaaaa…”) y la vocecita avergonzada de una criatura que está aprendiendo a mendigar (casi no sabe decir “bolígrafo”). Qué agridulce y escaso es el pan de Alá, el grande, el misericordioso.

Diario de Cádiz, martes 7 de marzo de 2006, pág. 14