El nombre de la rosa (2005/02/08)

                                          EL NOMBRE DE LA ROSA

Según un aforismo latino, heredero de la antigua magia del lenguaje, “Nomen, omen”: el nombre propio es un presagio, un deseo, un destino. El gremio docente es uno de los más impuestos en modas onomásticas. Dentro de no mucho parecerán lejanos los tiempos en que José Mª Albaigès escribía que, de los españoles mayores de veinticinco años, el 18,3% se llamaba José y el 50,8%, María (ignoro el porcentaje de Manoliños gallegos). Nuestra sagrada familia actual, en cambio, rebosa de Jonatanes, Jeniferes y Vanesas, y más allá de la risa floja que puede entrar pasando lista, sabemos que detrás de estas extravagancias suele haber una madre romántica que desea para su criatura un futuro extraordinario y cosmopolita, lejos del pueblo espantosamente aburrido o de la feísima barriada urbana. Luego pasan los años y con ellos se desintegra el glamour de las Davinias, Demelzas y Topacios de series televisivas ya olvidadas,  pero a veces la fantasía bautismal se cumple: a Letizia con zeta me remito, cuyas hermanas llevan los igualmente castizos nombres de Telma y Érica. Otras veces entramos en los dominios de la paradoja: Eleuterio (que así se llama El Lute, ex quinqui de épico historial) significa “libre”.

Son muchas las curiosidades que rodean la onomástica. Los hebreos, pueblo históricamente afligido, usaban nombres teóforos (alusivos a Dios): Gabriel (fuerza de Dios), Rafael (Dios ha sanado), Miguel (¿quién como Dios?)… Los griegos, en cambio, muy en el espíritu de la polis, evocaban cualidades de tipo moral o social: Agapito (amable), Amalia (suave), Andrés (viril)… Los germanos eran aficionados a convocar la fiereza y otras cualidades bárbaras: Casilda (combate), Guillermo (protector decidido), Óscar (lanza de Dios)… A algunos cristianos primitivos les dio, en su modestia masoquista, por ponerse nombres autodespectivos: Cagancio, Cojoncio, Pustularia…

A veces uno tiene que transigir con el dudoso privilegio de heredar un nombre de rancio abolengo familiar (Melquíades, Ciriacos…). Otras, se padecen las veleidades de padres filohippies (Lluvias, Lunas…), filólogos de cualquier ramo (Antígonas, Dulcineas…), o abonados a la patitanegra social (Borjas, Andreas…). Lo peor, más allá de nombres imposibles y motes aún peores, es cuando, jugando con las letras, alguien le saca a uno un perfecto onograma, es decir, un anagrama que revela el futuro. Así, en “Salvador Dalí” descubrió André Breton “Ávida Dollars”. Y Màrius Serra nos cuenta cómo de “Clint Eastwood” sale “old west action”.

En conclusión, a la hora de nombrar, extremen la prudencia. En el nombre de la ROSA se lee también el futuro de sus huesos: OSAR.

Diario de Cádiz, martes 8 de febrero de 2005, p. 12