El mal de Hoffmann-Fey (2005/05/24)

EL MAL DE HOFFMANN-FEY

          Debió de ser en alguna novela de las Brontë donde leí la vieja superstición de la palabra “fey”, nombre de un extraño sentimiento de euforia que precede al desastre. La recordé una espléndida mañana de esas en que uno siente que es muy dulce vivir. De pronto, una inmensa muerte diminuta sobre la acera: una niña que cayó de un quinto piso porque quiso atrapar una paloma. Un policía que llama a todos los botones de un portero automático. Un grito indescriptible que aún suena. Otro día igual de azul un joven se asoma a la ventana justo en el momento en que una adolescente del edificio frontero interminablemente cae. Queda junto al bordillo, justo donde encaja la rueda del coche, un mínimo cráter suicida que al principio todos rehuimos pero ya ni siquiera, porque al final, sea cual sea la plaza, la calle, en el asfalto sólo habita el olvido. Una noche tranquila y fragante, cuando un hombre se recoge pensando que al fin es primavera, un amigo con el rostro desencajado viene de compartir el horror de unos vecinos a los que se les acaba de ahogar una criatura en el baño. Nadie sabía cómo reanimar el cuerpecillo, nadie sabe si desde siempre era –o pudo no ser- tarde.

Y vas rápido, enérgico, casi feliz, entre el olor del azahar o de las algas, de paseo, de compras o al trabajo, y te cruzas con esos conocidos y desconocidos que al llegar la primavera o el otoño recorren infatigables la avenida (las estaciones de tránsito alteran especialmente a los esquizofrénicos). O te cruzas con esas mujeres que arrastran atónitas las piernas, a menudo inflamadas, y con los ojos ausentes pero fijos no es que te miren mal, porque desde el fondo de la depresión probablemente ni siquiera te ven.

Azorín presenta en Doña Inés (Historia de amor) a un personaje, Don Pablo, que padece lo que él llama “el mal de Hoffmann”: “En lo presente veía lo futuro. En el niño enfermo –amaba apasionadamente a los niños- veía el niño expirante. En la leve alteración de la amistad, presagiaba ya la agria y truculenta ruptura. Sonreía el caballero; trataba de burlarse entre sí del mal de Hoffmann, pero no podía; solapado, insidioso, el mal roía su corazón”. A veces, en los días en que realmente me estoy dando cuenta de lo hermoso que es el mundo y estar viva, cruza, como una sombra borrascosa, el miedo. No es una aprensión concreta, como en la novela azoriniana. Es el mal de Hoffmann-Fey: la súbita congoja de pensar que en medio del fervor vital acecha una desgracia incierta. Y quién puede saber si esta vez te aguarda precisamente a ti.

Diario de Cádiz, martes 24 de mayo de 2005, pág. 16