El humo azul (2004/12/28)

De pequeña vi una exposición de belenes del mundo en el Palacio de Congresos de Madrid. Los había de toda hechura: desde uno monumental con figuras de Salzillo hasta esos armaritos centroamericanos atiborrados de gente multicolor, pasando por portales de junco, cristal o granos de café. Quizá me venga de entonces la curiosa afición al belén, que no es incondicional porque los hay muy aburridos: pienso en esos de paisaje desértico, minimalista, todo de serrín marrón.

A mí me gusta el belén exuberante, donde cualquier verosimilitud es pura coincidencia; el belén fantasioso, incluso actualizado. En Cádiz vi uno que era la calle de la Palma hasta el último detalle: los balconcillos con sus palmas de Ramos, sus cañas de pescar y sus pequeñas bombonas de butano naranja. Allí el niño figuraba naciendo en una casapuerta. Claro que esta vía de la actualización es peligrosa, porque a fuerza de verismo llegaríamos sin dificultad al belén lleno de minas antipersona, dividido por un muro (colonos israelíes, pastores palestinos), o al misterio medio ahogado en una patera, mientras las callecitas europeas se llenan de supermercados con hilo musical de marimorenas, peluquerías abarrotadas de señoras y todas las cadenas de cuestación de lo que ya, más que generosidad bienintencionada, es la tenia solidaria del reclamo institucional.

Sí. Quizá sea preferible volver al belén anacrónico, que parece un museo etnográfico de oficios artesanos en trance de extinción: el arado, el pastoreo, las labores del hilado, la lavandería a mano, el alfar, el arriero… En él este año yo pondría una figura con nombre y con historia. Es un señor mayor, quizá de Puerto Serrano, que ejerce de trovero: recita largos, larguísimos poemas inventados por él donde va rimando su vida desde que, de chico, le llamaban “Juanito el de Carmencita”, hasta que a los veinte años se enteró de que en verdad se llamaba Antonio, y ya por entonces, como su padre y su abuelo, se ganaba la vida con el carboneo. Fuera del poema Antonio cuenta que un día, ya jubilado, fue de excursión a un paraje donde un guía iba explicando a los visitantes cómo se hacía antiguamente el carbón. Antonio se sintió de repente muy raro: toda su vida resumida en cinco minutos por un joven que seguro que jamás había visto a un carbonero. Que seguro que ignoraba que se sabe que está listo el carbón por el color del humo: cuando el fuego, que ya ha consumido todo, pega la lengua a tierra y saca un humo azul…

Sí. En mi belén de los oficios perdidos este año hay un señor que se llama Antonio y canta el villancico de su vida con un estribillo del color del trabajo y del olvido. Un verso de humo azul.

Diario de Cádiz, martes 28 de diciembre de 2004, p. 16