El Harry Potter de cada día (2005/11/29)

EL POTTER DE CADA DÍA

           “Cuánto me gusta la magia”, dice Harry Potter casi al principio de su cuarta película, cuando una pequeña tienda de campaña resulta una mansión vista por dentro. Se ha dicho que el secreto de J. K. Rowling está en su fórmula para unir realidad y escapismo. Como en el mundo real, en el de Potter hay gente cabal y honesta, poderes en la sombra, políticos sólo pendientes de sus índices de popularidad, conocimientos útiles y verborrea vacua, verdades secretas y mentiras oficiales. La magia en parte es gratuita y en parte es un lenguaje de símbolos. Así, los dementores, que te roban los recuerdos felices y con ellos toda la fuerza vital, son imagen perfecta de la depresión. En el espejo de Erised sólo quien es feliz se verá tal como es; en cambio, quienes tienen profundos deseos insatisfechos verán lo que quieren ver, y pueden acabar alienados y cautivos en su narcótica irrealidad. El boggart, figura del miedo al miedo, es criatura que ante cada cual asume la forma de lo que uno más teme. En el laberinto del cáliz de fuego el riesgo es interior: dentro de él las personas cambian. Al final de la aventura el viejo mago Dumbledore dice: “Se avecinan tiempos peligrosos. A partir de ahora habrá que elegir entre lo correcto y lo fácil”. “A partir de ahora”, en la vida real, es desde el momento en que uno tiene uso de razón y poder de tomar decisiones (algo continuo).

Claro que la fórmula de Rowling no podría existir sin la mitología que llega hasta Tolkien y Roald Dahl; sin el mundo invertido de Lewis Carroll; sin los internados de E. Blyton. El que a uno le guste o no firmar un pacto con lo maravilloso es cuestión de afinidad electiva. Aparte del poder de revelación de la imaginación (algo que a mí me fascina), quizá ahora mismo tenga más sustancia preguntarse qué ofrece Harry Potter. La suya es la historia de un huérfano a quien el malvado Voldemort no pudo destruir porque lo protegía el escudo del amor materno. A partir de aquí, cada entrega desarrolla la iniciación del protagonista, su adquisición de conocimiento. No deja de sorprender que, a diferencia del mundo de Tolkien, donde se lucha activamente por destruir el mal, este Harry, más allá de aspirar a ser un buen mago, se limita a defenderse del mal que siempre acecha y además crece. ¿Es esto una metáfora de cómo concibe la épica nuestra sociedad? ¿Como agónica autodefensa? No lo sé, pero sí veo que la saga de Rowling no es tan tonta y maniquea como pretenden algunos gurús del delicatessen literario, que desbarran como la María Antonieta que sugería al pueblo hambriento que comiera pasteles, a falta de pan. Yo prefiero un honesto pan-pan a un pastelillo empalagoso.

Diario de Cádiz, martes 29 de noviembre de 2005, pág. 18