El fardo en la palabra (2005/08/30)

                                         EL FARDO EN LA PALABRA

           El otro día leí un artículo sobre la búsqueda de vida en el cosmos donde un científico opinaba que no vale la pena enviar mensajes al espacio, porque los extraterrestres inteligentes, de haberlos, podrían captar millones de mensajes nuestros. Y aquí es donde yo, Cándida Mente García, tengo algo que decir, pues, como en la canción de Alaska, resulta que mi novio es un extraterrestre. Todo empezó cuando me aficioné a pasar de noche por la plaza de la Estrella, donde ponen sus telescopios los de la Agrupación Astronómica de Cádiz “Hércules” (www.aacadiz.tk). Un día me pareció ver algo que me guiñaba a mí, precisamente a mí, y después de unos avatares que no hacen al caso entramos en relaciones. Le llamo Salva: a él le da lo mismo y a mí me parece un nombre apropiado, a la vez trascendente, ortodoxo y familiar.

De momento nuestro amor es platónico (aún no nos hemos visto). Nuestras relaciones son algo difíciles porque él habla y entiende de manera matemática y literal, en lenguaje binario o así, y no le entra en la cabeza que no es lo mismo decir “Salvemos a Amina” (que era una adúltera nigeriana a la que los musulmanes querían lapidar, y eso era un asunto serio, de derechos humanos), que “Salvemos a las focas bebés” (que en el Ártico las matan a palos para hacerse con su piel, y es una noble cuestión de defensa de la naturaleza), o que “Salvemos a Guille Barea” (que es un empático cachas gaditano que quiere ganar el concurso Operación Triunfo, y eso es una tontería). El problema es precisamente ése: que Salva capta millones de mensajes y, como no es de aquí, no sabe discriminar. Dice que la especie humana le parece manipuladora, frívola y poco de fiar, y educadamente me invita a callar con versos de Neruda: “Me gusta cuando callas, porque estás como ausente,/ y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”.

Cuando llegue el momento de conocernos, no sé si le voy a presentar a mi madre un novio con cara de Brad Pitt, con cara de choco o incluso sin cara, pero sé que a mi madre, con tal de que me independice y ahueque y sea feliz, le va a dar igual. Ahora bien, pretender que mi madre se calle para no ponerse en evidencia, eso no puede ser. Y a ver cómo le digo a Salva que mi madre es inmune a Neruda y que no se le puede mandar a callar sin ofenderla. En fin, tengo un serio problema lingüístico y, como se murió Wittgenstein, no sé quién me lo puede resolver. Empiezo a pensar, con Unamuno, que el pecado original tuvo que ver no con una manzana sino con la palabra “manzana”, cuando el mono bajó del árbol para andarse por las ramas del lenguaje.

Diario de Cádiz, martes 30 de agosto de 2005, pág. 16