El Estatú(t) (2007/02/27)

EL ESTATÚ (T)

Andamos con la resaca del referéndum del “Estatú” de Andalucía. Calculábamos que saldría un “sí” anémico sobre una gran abstención, y que cada partido presentaría su derrota como victoria. Porque nuestros políticos hace mucho que perdieron el sentido de la realidad y algunos hasta la vergüenza. Lo que ha pasado es que muchos andaluces se han negado a secundar esta mascarada de la Junta de bailarle el agua a Madrid, que a su vez se la baila a los socios catalanes. Como dicen quienes saben de leyes, lo que afecta a la nación (la Constitución, el modelo de estado) ha de someterse sin prisa y sin pausa a referéndum nacional, y es inconstitucional proceder a una reforma vergonzante por partijas que ni son significativas (con dos tercios de abstención) ni tampoco vinculantes. En este punto de jugar a la democracia con trampa y cartón, uno recuerda a aquel Valle-Inclán que se quejaba de una España que definía como “rabo ridículo de Europa” donde no había decencia ni dignidad y por tanto era imposible la tragedia: de ahí la creación de la estética acanallada del esperpento. De una novela espléndida de Haruki Murakami, Kafka en la orilla (2002), extraigo estas reflexiones. Dice el joven protagonista: “A mi alrededor va sucediendo una cosa tras otra. Algunas las he elegido yo, otras no. Pero no soy capaz de distinguir las unas de las otras. (…) Tengo la sensación de que lo único que hago es ir calcando lo que alguien ya ha decidido de antemano. Y de que, por más que piense por mí mismo, por más que me esfuerce, todo es inútil”. Y contesta su amigo Ôshima: “La tragedia, según la define Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. (…) En el caso de Edipo, no son la indolencia y la estupidez las que originan la tragedia, sino su valentía y su honestidad. Y de ahí nace, inevitablemente, la ironía. (…) Hay casos en los que no puede hacerse nada. Pero, a pesar de ello, la ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer. Y se convierte en una puerta de acceso a una solución de una dimensión mayor. Y en ello puedes encontrar una esperanza universal”. Vuelvo a situarme en nuestro contexto. Nuestro espíritu cívico (virtud) nos lleva a escoger políticos que se olvidan de nosotros y funcionan en otra esfera, mezcla de intereses de partido y presiones normalmente empresariales y otras veces sindicales (hybris democrática). Para hacerles ver que estamos muy aburridos, no vamos a votar. Ironía de destino: intentan convencernos de que nuestra propia abstención es nuestra (o sea “su”) victoria. Pero yo me pregunto: ¿Podemos crecer nosotros? ¿Podemos obligarles a crecer para nosotros? ¿Y cómo?

Diario de Cádiz, martes 27 de febrero de 2007, pág. 18