El crepúsculo de la Mamma (2005/10/04)

Me decía un científico que la reproducción humana y la maternidad iban a cambiar de aquí a no demasiado. Creo que se refería a los úteros artificiales, pero me pareció que lo decía con cierta íntima satisfacción malvada, como si en el fondo el mensaje fuera: “Querida, el poder de las madres a las mujeres se os va a acabar”.

El otro día daban la noticia de que en una clínica de Irlanda se experimentaba con la mitocondria, con la intención de manipular los óvulos femeninos para evitar la transmisión de enfermedades genéticas. Al final, una piensa que podrá tener hijos sin lesiones graves, pero una, puesta ya a exigir, ha llegado a la conclusión de que quiere más, muchísimo más. Una quiere un bello bebé durmiente que no llore esmorecido, que no sea un kamikaze de infarto ni un depredador doméstico. Una quiere un niño sin mañas ni rabietas, inmune a la zafiedad del medio ambiente, con radar para huir de las malas influencias y asco a la Play Station, deportista, ecológico, con profundo interés por la historia del mundo mundial (que no es sólo andaluz) y espontáneo amor a la lectura. Una quiere descendientes que crezcan saltándose el salvaje hormonamiento pubertoso, que no contesten de malos modos, que no miren al bies, que no vivan con los horarios cambiados para ponerse hasta las cejas de sustancias estupefacientes, que no le hagan descubrir un día que debe mil euros a Vodafone. Una quiere hijos capaces de ganarse la vida honradamente sin necesidad de perseguirlos a todas horas, de llevarlos al psiquiatra cada vez que pierden el norte, la identidad o la autoestima, y que llegados los treinta años estén irreversiblemente independizados. Una no quiere adultos inmaduros que vuelven a casa, no ya por Navidad sino a quedarse, porque fracasan una y otra vez con sus parejas y atraviesan todas las crisis habidas y por haber cada vez que estrenan lustro. Tampoco quiere una perder un hijo y ganar una tribu de nietos endosados a perpetuidad (porque “yo tengo que vivir”, y, total, mamá ya está muerta).

Una está tantas veces hasta el gorro del contrato indefinido de madre en ejercicio, que está deseando que los niños vengan al mundo como en El Ejido: gestados en una bolsa de plástico, tan insípidos como tomates del Champion y, al paso que vamos, igual de descerebrados. Bueno, tendrán un cerebro sin pepitas, fácilmente asimilable por el sistema. Y yo a mi bola mientras los funcionarios de Reproducción Nacional nutren, educan, soportan y resuelven. Habría que ver lo pronto que se ponían en huelga denunciando lo ridículo del sueldo y pidiendo una humanitaria prejubilación.

                                     Diario de Cádiz, martes 4 de octubre de 2005, pág. 14