El Club Pickwick (2007/11/13)

EL CLUB PICKWICK

Un día me dice mi mujer: “Tía Maripi ha decidido reunir a la familia Pickwick”. No le eché mucha cuenta: total, haría peña con mis cuñados. Pero Pepe se tiró por la escalera y Casto se tomó una sobredosis de pictolines laxantes. A nuestro Monchito hubo que quitarle el chándal (su segunda piel) con bisturí para vestirlo con camisa: no vas a llevar una cucaracha a una exhibición canina. Cuando yo me estaba arreglando para ir fresquito, escucho una voz (LA VOZ): “Ramóooon: la camisa del Orgullo Gay, hoy no”. Era justo la que me estaba poniendo: arreglado pero informal, para que no se diga que uno es el cateto sobreatildado”. Mi Cari me besó la calva, me sustrajo el paño arco iris y me dijo: “No te vayan a confundir con uno del cuadro flamenco”. Ella iba de Adolfo Domínguez para arriba (carísima sencillez), con joyas de diseño minimalista que me juró que eran regalos míos (soy el rumboso esquizoide). Yo, discreto, con ese toque de rencoroso malestar que experimentan los profesionales cualificados de renta módica cuando van a alternar con la gente forrada sin cualificación alguna. Total, que allá fuimos, a un santuario perdido en una pedanía de la geografía íntima de España. Los Pickwick llegaron con los normandos Guadalquivir arriba y son de la oligarquía rubia (con los siglos, rubiasca o incluso morena de verde luna) del territorio. Terratenientes al principio, ahora ya, los que tienen, tienen de todo. Cuando de casualidad topé con tía Maripi, miope y medio ida (en el argot de la familia, “original”), me preguntó “¿Y tú, de quien eres?”. Tuve un instante de maldad: “Soy Johnny, el Educador de Esfínteres que vive con Tina, tu nieta, la bailarina exótica”. Las grandes damas jamás se descomponen bajo sus perlas. “Qué ingeniosos los jóvenes, con los yacimientos de empleo”. La misa, bien. Pelín endogámicas las peticiones: “Por los miembros difuntos, vivos y futuros del clan Pickwick”. (“No te olvides tampoco de la gente, Dios”, improvisé en mi fuero interno). Cuando llegamos al cortijo le dije a mi cónyuge: “Ya podías haber sido de esta rama olivarera”. “Pobre pero honrada, me busqué un aceitunero altivo de Jaén. Y hemos criado un higo chumbo”. El higo chumbo, a todo esto, andaba aburridillo reventando naranjas con petardos. (Me enteré después: con los hijos, más vale no apercibirse). Tras mucho jamón serrano y generosas libaciones me iba sintiendo un Pickwick de toda la vida. Entre las buganvillas y los granados reventones encontré a otro ser cualificado y apasionado por la filatelia y la entomología. Caímos en la misma mesa y dimos gracias a Dios, que vela generoso por los López, los García, las aves y los lirios del campo.

Diario de Cádiz, martes 13 de noviembre de 2007, pág. 20