El boomerang vasco (2005/06/07)

EL BOOMERANG VASCO

          Laredo (Cantabria). Verano de hace tres años. Los adolescentes que coinciden en la localidad suelen salir de noche en lo que allí llaman cuadrilla: cien o hasta doscientos jóvenes, según el día y las ganas de socializarse. Le pregunto a mi hija si hay, como dicen, tanto vasco. Lo hay. Le pregunto de qué tipo. La respuesta es sintomática. Hay un pequeño núcleo de “borrokas”, es decir, partidarios de la independencia y alevines proetarras que aunque van en la marabunta suelen hacer rancho aparte. Luego, hay otro grupo de jóvenes con familia asesinada por la ETA, y alguno que sabe lo que es vivir con escolta las veinticuatro horas del día. Odian a los borrokas y son correspondidos, pero unos y otros cuidadosamente se evitan. El resto de los vascos de la macropandilla se divide a su vez en otros dos subgrupos: uno minoritario de activistas por la paz que saben que ETA -o cualquiera de sus ramas políticas con cobertura legal- los ficha desde el primer día en que participan en una manifestación universitaria, y otro mayoritario de jóvenes que se inhiben: quieren que los dejen en paz, están hartos y sólo aspiran a irse a estudiar y vivir fuera. Nada de todo esto salía en el documental La pelota vasca, de Julio Medem: la realidad de un país donde una parte sustantiva de su población aspira a quitarse del medio o se ha quitado ya, como tantos empresarios que han venido a parar al sur. El terrorismo y el chantaje en que viven inmersos los vascos puede provocar la descapitalización de la región y la deserción de las clases activas más cualificadas. Su pelota es un boomerang. Quizá lo sepan ellos. Nosotros lo sabemos ya.

Comprendo todo el dolor de la sangre derramada, pero suscribo lo que dice el Adivino en un relato de Véronique Tadjo: “Rogamos a los muertos que no se coman nuestras entrañas. Buscaremos las fórmulas para aplacarlos, las palabras necesarias para que nuestras vidas no se vuelvan eternamente tormentosas. Que sus espíritus sigan siendo las estrellas de nuestro firmamento. Hombres, mujeres, cuidaos del deseo de venganza y del ciclo perpetuo de violencia y represalias. Los muertos no tienen paz porque vuestros corazones aún permanecen agujereados por el odio. Recordad que sois los dueños de vuestras emociones”.

Toda lucha civilizada acaba con una capitulación. A la capitulación podemos llamarle, eufemísticamente, diálogo. La plataforma “¡Basta ya!”, que no es ni fanática ni ofuscada ni cobarde, y que tampoco salía en La pelota vasca, apoya esta opción. Porque del presente civilizado sale el futuro de civilización.

Diario de Cádiz, martes 7 de junio de 2005, pág. 16