El beato de Liébana forever (2009/05/25)

EL BEATO DE LIÉBANA FOREVER

Ahora que andan revueltas las aguas universitarias con el asunto del máster de magisterio, encuentro inspiración en Mark Twain: NUNCA HE PERMITIDO QUE LA ESCUELA ENTORPECIESE MI EDUCACIÓN, pensamiento que voy a ilustrar con la edificante y sin embargo verídica historia de Guillermo. El caso es que en 2º de ESO tienen una hora semanal de Biblioteca a la que los alumnos deben llevar el libro que estén leyendo en casa. A Guille se le olvida con frecuencia, pero elude el castigo forrando otro libro cualquiera que haya a mano. En su mochila, a mano, ese otro libro cualquiera siempre es la Biblia (hablamos de un colegio concertado). Hojeando aburrido las Sagradas Escrituras, Guille se ha aficionado al Apocalipsis, cuya lectura recomienda con entusiasmo a sus colegas en caso de que tengan que ingeniárselas para pasar ilesos la hora de Biblioteca. Un chaval se le quejaba: “Quillo: no sé cómo te puede gustar esto”. “Tú espera, que a partir del capítulo seis se pone interesante” Le pregunto a mi hijo si no sería más distraída la vida de Moisés. Mi hijo me mira condescendiente: “Cómo vas a comparar la historia de un viejuno que sube a una montaña para buscar dos tablas con la historia del fin del mundo”. Me voy al capítulo 6 del Apocalipsis, que es cuando el Cordero abre los siete sellos y descubre los misterios de la justicia divina: los cuatro jinetes de la guerra, el hambre, la peste y la muerte; la muchedumbre de los marcados; la batalla del arcángel Miguel contra el Dragón; la mujer envuelta en el sol con la luna bajo sus pies y la cabeza coronada por doce estrellas; la destrucción de la gran ramera de Roma y la lamentación sobre Babilonia, guarida de pus; la batalla de Harmagedón, y el ángel que puesto en pie convoca a todas las aves al banquete en que se ofrece la carne de todos los reyes del mundo; el ángel que desciende del cielo trayendo la llave del abismo… Fascinante, realmente. Hermoso. De pronto reparo en la enorme gratitud que le debo a Guillermo, a quien mi hijo llama el Maestro del Apocalipsis y en quien cabe sospechar no sé si un futuro Mark Twain o un futuro Dan Brown, pero sí un símbolo de los misteriosos caminos de la educación.

Diario de Cádiz, lunes 25 de mayo de 2009, p. 7.