El alquimista (2004/10/26)

EL ALQUIMISTA 

Pocas biografías hay más sugerentes que la de aquel niño alemán que, fascinado con las leyendas griegas, decidió que de mayor quería encontrar la ciudad de Ilión. Su padre, un modesto pastor protestante, no podía financiarle una educación universitaria ni una expedición arqueológica, así que, con infinita paciencia, Heinrich Schliemann fue estudiando por su cuenta y desempeñando toda clase de oficios hasta amasar una fortuna. Y un buen día, cuando tenía cuarenta y siete años, supo que había llegado el momento: liquidó su negocio y marchó a Turquía. Tenía la firme intuición de que siguiendo las descripciones de la Ilíada hallaría la antigua Troya. Y así fue.

La de Schliemann es una de esas historias que muestran el poder que pueden llegar a tener los sueños cuando imantan la voluntad. Hoy me ha venido a la cabeza porque el próximo jueves 28, a las 20:30, se estrena en el teatro Falla el largometraje documental titulado El alma de los juglares, de José Miguel Medina Gallego. También José Miguel tenía desde la adolescencia un sueño inoculado: el afán de estudiar a Els Joglars, y, tras cursar Filología Hispánica en Cádiz, a través del laberinto del necesario azar, he aquí el resultado. El documental en cuestión es una mina de información para el que quiera ver cómo es el mundo que ha construido Albert Boadella: cómo es la famosa cúpula del Pruit, donde monta y ensaya sus espectáculos; cómo ha ido surgiendo la obra que se va a representar ahora en Cádiz; cómo son los juglares cuando no llevan máscara; cómo se vive y se convive, en medio del campo, en la casa de El Llorá.

Pero un buen documental no sólo es testimonio, sino también creación. El de Medina tiene una estructura inteligente en torno a tres ejes: un retrato al óleo de Boadella que va pintando su mujer, Dolors Caminal; una melodía que va componiendo su hijo Sergi; y una pieza de teatro, este Retablo de las maravillas que es versión y actualización del entremés de Cervantes. La resultante, rica en símbolos visuales, es un retrato manierista de Boadella -que nunca aparece en persona-, y del propio José Miguel. Un ejemplo: mediterránea o atlántica, una caballa. En torno a este pez/pescado, fileteado (o, como el ojo de Buñuel, diseccionado) con infinita elegancia por Dolors Caminal, me ha parecido ver por un instante la aventura interior de un muchacho que fue buscando la estela de un genio y se encontró con una férrea disciplina: el método, el oficio, la artesanía de Boadella tras cuarenta años al frente de Els Joglars.

Es hermoso ver cómo se despliega un sueño. Y más hermoso aún saber que el secreto de su alquimia es la voluntad visionaria, la infinita paciencia.

Diario de Cádiz, martes 26 de octubre de 2004