DonPerlimplín.com (2005/02/22)

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Sabíamos que el amor hace estragos: lo nuevo es que los haga por la Web, pues no son pocas ya las parejas separadas por intromisión internáutica de terceros. Es decir, llega la persona humana “A” a su casa, con el cansancio y aburrimiento de la larga jornada, y en vez de departir o de compartir una basurilla -de tele o de microondas- con su legítima pareja “B”, se sienta ante el ordenador para enfrascarse en una conversación infinita con “C”, Sujeto Chateador No Identificado de quien va y se enamora.

Nihil novum sub sole. El ser humano ha sido siempre fiel a sí mismo más allá del progreso tecnológico. Como somos a partes iguales naturaleza y cultura, hay un amor que no depende del contacto físico y las feromonas, sino del mundo imaginario, simbólico y virtual. Galería de datos ilustres. Eros le puso como condición a Psique que le amara a oscuras, que nunca le viera: era un cuerpo sin rostro, un tacto sin mirada, un sexo sin identidad visual. Un paso más allá en la desmaterialización está Dulcinea, pura imagen mental que forjó don Quijote para lubricar la ilusión de un nuevo y heroico destino. Formulación teórica del asunto, la de Antonio Machado, curtido en la quimera: “Todo amor es fantasía;/ él inventa el año, el día,/ la hora y su melodía; inventa el amante y, más,/ la amada. No prueba nada,/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás”.

En los viejos tiempos eran las mujeres las expertas en cartas de amor. Según Barthes, frente al Hombre, viajero y cazador, era la Mujer, sedentaria y sobrada de tiempo, la que daba forma al discurso de la ausencia, de donde resultaba que un hombre esmerado en describir ausencias resultase “milagrosamente feminizado”. Pero hoy no se escriben cartas, sino que se chatea, así que seguramente se trata de una Ella de Siempre y un Él Metrosexual. O de dos que se dicen tonterías, al estilo de los chateadores adolescentes, y, como no se ven y ni saben quiénes son, he ahí el morbo erótico-virtual.

Podemos imaginar también la canción de Cecilia (la del ramito de violetas) en versión Internet, de modo que un cónyuge seduzca a su propio cónyuge fingiendo ser un extraño de misterioso nickname. Esto, bien pensado, es el argumento de una “farsa erótica” de Lorca, Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín. Para gente de poca iniciativa, yo abriría una página que se llamase, por ejemplo, Donperlimplín.com, su máster de seducción. Al estilo de los viejos manuales epistolares. Nada hay nuevo bajo el sol: vivir sigue siendo ver volver esa complicada naturaleza humana en busca de la invisible, simbólica felicidad.

Diario de Cádiz, martes 22 de febrero de 2005, p. 18