Conciencias cansadas (2005/07/12)

CONCIENCIAS CANSADAS

En junio puse un examen sobre un relato de Pío Baroja: “Conciencias cansadas”. Trata de las contradicciones del ser humano, capaz de toda la vileza y también de amor y de ternura. Hubo alumnos que no llegaron a captar el significado. Parece mentira que jóvenes que están a punto de ser licenciados no sepan decir de un texto que constituye una reflexión moral. “Moral” es una palabra que ha dejado de existir en muchos vocabularios (en muchos horizontes mentales), como si fuera una antigüedad sólo referida a la bragueta o a la distorsión ideológica.

Estoy en la playa, sentada en la orilla con el periódico: el atentado de Londres, los tiras y aflojas en Galicia entre el PSOE y el BNG –andamos siempre tan sobrados de bisagras sin engrasar-, se deshace un partido de una concejala disidente que votó o dejó de votar en conciencia, estragos de los buques arrastreros en los bosques de algas del Mediterráneo, suelta un juez a un etarra irredento, la embajada olímpica española constaba de más gente (y menos olímpicos) que ninguna… Recuerdo una picardía de un colega: lo que más ha hecho por la convergencia europea es el programa EROSmus. Y las palabras de Juan Antonio Carrillo Salcedo, eminente internacionalista, citando un chiste: la Europa económica converge a una velocidad de cien por hora, la política va a cien por siglo…; y ya en serio: la Europa política ha de constituir el marco de derecho que frene los excesos de una Europa sólo económica. Pienso en Churchill: la democracia no es sino el sistema menos malo que existe. Me pregunto con qué derecho se masacra y expolia a los países tercermundistas so pretexto de llevarles algo (la democracia) que no se puede exportar ni imponer, que es el lento fruto evolutivo de siglos de historia (siglos de lucha entre el poder, el pensamiento y el dinero).

Corren y chillan los niños, charlan con un ojo sobre ellos sus madres, busca coquinas con paciencia infinita un hombre, se persiguen y magrean como alegres cachorros unos adolescentes en el agua. Una señora mayor coge conchitas con absorta delicadeza, como si fueran tesoros. Las conchas más normales del mundo: las que los de aquí no cogeríamos nunca. Mi abuela Anita también lo hacía, y ya de noche la escuchábamos enredar a solas con su modesta y sonora colección… Flotan mezclándose confusamente en la memoria las madejas morales de la Biblia y Baroja: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular…”, “la verdad es que, semiángel o semibestia, el hombre es un animal extraño”.

Diario de Cádiz, martes 12 de julio de 2005, pág. 14