Celia se quita de fumar (2006/01/02)

                                       CELIA SE QUITA DE FUMAR

Dejar de fumar yo, como Groucho, lo había hecho varias veces. La primera me di a las golosinas de farmacia, me puse como una bola y me falló la voluntad. La segunda masqué chicle hasta lijarme las muelas y me falló la voluntad. La tercera me apunté a aeróbic, adquirí el equipo más chic y rosísima, me aburrí de dar saltos y me falló la voluntad. Luego me compré una caja de Zintabac, pero después de tomar una cápsula me empezó a entrar la enorme taquicardia con sudor frío que el prospecto describía y empecé a temer que también podía desarrollar un trastorno bipolar. Y con esa aprensión elegí (libremente) mi adicción. De pronto, un día me vi una espantosa nuez femenina en el espejo: “Dios mío, Celia: veinte años de fumadora compulsiva te contemplan desde ese bulto canceroso”. Luego resultó que era un quiste tiroideo, y una semana después de la operación volví a fumar con redoblado énfasis. Pero quedaba el miedo. Así que me propuse rentabilizar el susto: “Mira que en los países civilizados a partir de cierta edad ya sólo fuman los pobres”. Así que me di un imperativo categórico para mis adentros: “Psique, ve desprogramándote porque se nos acaba el tabaco”.

Un uno de enero estrené mi libertad con un parche XL de nicotina. Los primeros meses el exfumador vive cada instante sin humo como un momento épico. Ordenas furiosamente tu casa, paseas con frenesí, confrontas tus síntomas con todos los exfumadores que encuentras, superas con éxito la primera gran prueba (la durísima sobremesa de un banquete de boda). Acabado el ciclo de los parches, descubres el yoga. Pasados seis meses vienen momentos bajos: empieza a funcionar, desde el lado oscuro, la autocompasión. Te cuesta concentrarte, se te acumula el trabajo, viene el insomnio, descubres que el tabaco en realidad es un ansiolítico, decides ir al psiquiatra y, tras la vergüenza inicial (“me van a ver, me van a ver”), resulta que a tu psiquiatra va casi todo el mundo. Para mayor INRI, tu marido, hastiado, te dice: “Pues Domínguez se quitó del tabaco de un día para otro y hasta hoy. Sin gastar un duro y sin dar la tabarra”. (Sniff…).

Cada uno de enero cumplen años mis pulmones. Desde Viena tocan para mí los valses de Año Nuevo. He dejado de ser una anguila de tez gris, no toso en la cama, no me asfixian las escaleras, me concentro en mis cosas, duermo medio bien, huyo de los locales ahumados y aspiro con deleite el aroma que trae el levante desde la Tabacalera. Claro que un exfumador es como un alcohólico anónimo: a la vuelta de cualquier esquina de tu Psique está tu demonio ofreciéndote un cigarro. Pero bueno.

Diario de Cádiz, martes 3 de enero de 2006, pág. 12