Bu Jiao (Viaje a China, I) (2006/08/22)

“BU JIAO”

            Hay muchas Chinas. La primera que ve el turista es un inmenso mercado donde se compra y vende lo mismo un Trólex que un reloj donde saluda Mao. Si es cierto que el jade de los mercadillos es piedra de jabón o pasta de resina, no lo es menos que en Wuzhen una mujer se pasa el día cosiendo junto a la ventana en una Singer prehistórica, y en Suzhou otra mujer tardará tres años en bordar, seda sobre seda, la increíble cascada de mariposas o peonías que será finalmente un biombo con dibujos que se ven por los dos lados. Una pieza así no baja de seis mil euros. Pero al turista le tira el quiero y no puedo del mercado de la seda de Beijing, Simago de falsificaciones de Vuiton, Nike, Prada. Apenas hay quien sepa inglés, pero el idioma del dinero se habla por señas (con los dedos, del seis al diez los chinos tienen sus propios gestos) o con calculadora. Regatear es un juego. Para que lo dejen a uno en paz basta decir “bu jiao” (no quiero). A ellos les hace gracia que se lo digan en mandarín. La calle peatonal del centro de Pekín hierve de franquicias y terrazas donde consumir cualquier cerveza (las suyas son muy suaves). Los turistas (mayormente chinos, aunque sorprende el número de españoles) se hacen fotos junto a esculturas de rickshaws. Mendigan en vano los pobres de verdad. Detrás del hervidero de escaparates, McDonalds y Kentucky Fried Chicken, discurren otros mundos: unos callejones sombríos llenos de minúsculas peluquerías que desde las diez de la noche se transforman (un éxodo rural clandestino nutre la prostitución de las grandes ciudades); un mercado popular donde a diez metros de una alcantarilla atascada se fríen pinchitos de pollo (se comen hasta las patas), alacranes, caballitos de mar, chicharras. En un alto escenario evoluciona en túnica un cantante antiguo con sombrero rematado en dos largas plumas de faisán. Al caer la noche salen en pijama a tomar el aire los inquilinos de las casuchas escondidas tras las altas vallas publicitarias de la enorme avenida que conduce al Templo del Cielo. Por la mañana pagarán entrada para acceder al parque del templo, donde los jubilados hacen taichí o baile de salón, algún travesti mueve coqueto las mangas colgantes del quimono al son de la ópera china, hay quien saca de paseo a un pájaro en jaula para jugar a las cartas (que son como pequeñas fichas de dominó), suena el violín de dos cuerdas y hay quien escribe con agua. Con agua, sí. La caligrafía es arte en China. Con gruesos pinceles escriben primorosamente los calígrafos expertos quién sabe si poemas en las losas del suelo, y brillan los signos (para nosotros mudos) hasta que absorbe su canción el tórrido aliento del agosto.

Diario de Cádiz, martes 22 de agosto de 2006, pág. 13